No era cierto, pero era demasiado tarde para rebatírselo a sus maestros.
Le habían dicho que los pájaros tienen alas pero los hombres no, y “por eso, chaval, no añoramos nunca el vuelo”.
Los viejos profesores de la ONCE tratan de poner bálsamo en las cicatrices de los niños ciegos de nacimiento:
- Para los que pierden la vista es un gran sufrimiento. Han gozado de un sentido y se ven privados de ello. Eso es más duro, eran pajarillos que sabían lo que era volar y les condenaron a caminar al ras del suelo.
Una sentencia desbordada de sentido común. Pero el sentido común y la obviedad a menudo se hermanan y bajan el listón de la sabiduría hasta el pozo de la vulgaridad. Como cuando proclaman con ignorancia que “ojos que no ven, corazón que no siente”. El exceso de vista lleva a muchas personas a la miopía. Pero siempre cae la noche antes de tener ocasión de rebatirlo.
El niño de la ficha escolar 237/65 pasó a ser el adolescente de la tarjeta federada de atletismo 6.247/82. Aquella súbita afición por la actividad física sorprendió a Maribel, su profesora de literatura, que nunca creyó que el más devoto de los libros de todos sus alumnos se apuntase con entusiasmo en el club de atletismo.
Sólo la indomable voluntad de quién está acostumbrado a combatir al destino le mantuvo durante aquel curso en el equipo. El primero en acudir al entrenamiento y el último en abandonar el vestuario no pasó, pese a sus notables esfuerzos, de marcas vulgares en velocidad, en medio fondo y en lanzamientos.
Cuando ya se encontraba en ese momento añil en él que los hombres inteligentes preparan su espíritu para el rechazo, sucedió un fenómeno afortunado y extraño. La inoportuna lesión de un compañero hizo a los preparadores incluirle, pese a su falta de velocidad y su carencia de talento para la sincronización de movimientos, en las pruebas de salto. Era un relleno necesario para la longitud y el triple. La ficha que completa el documento .
Ante la mirada atónita de los preparadores, aquel muchacho bajo y aparentemente desmembrado en la carrera, se tornaba ágil, dúctil y liviano en el momento del impulso y del vuelo tras el salto.
Sus marcas eran extraordinarias pese a su carrera sin nervio y su zancada breve de hombre con el centro de gravedad bajo. Los profesores comprobaron que, al contrario que la mayor parte de los ciegos, en el vacío del aire no frenaba su vuelo por el vértigo o el miedo. Al contrario, él les explicaba que la ausencia de referencias le disparaba la adrenalina y algo en su interior le impulsaba hacia el cielo.
Una adecuación a la prueba que provocó la incredulidad de sus preparadores que conocían que en el aire, los humanos utilizamos los ojos como manos. Algo con lo que asirse a lo concreto en el vacío del espacio sin objetos. La necesidad de agarrarse al paisaje y desembarazarse de la angustia que provoca el vacío en el pecho.
- Vas a ser feliz. Al hombre le hacen desdichado los miedos. – Le susurró Maribel antes de depositarle en la frente un beso-.
No era verdad, Maribel, no fue cierto, pero es imposible rebatirlo cuando el tiempo ha creado un abismo de distancia entre uno y los seres que le quisieron. La superación de un miedo no te vacuna contra todos los nombres del miedo. La ausencia de vértigo en el aire no te inmuniza contra el vértigo que produce el suelo. Un vértigo horizontal a la realidad, un vértigo precipicio a los afectos que te hacen huir alzando el vuelo.
Un vértigo que tiene al DNI 69.746.877-R preparado para huir de la caída al vacío del amor, por el desfiladero del deseo, en la aséptica sala de espera de un aeropuerto.
No era cierto, pero cómo rebatirlo cuando se es el pasajero del asiento 27-v del Airbús 300 que, a las 17.33, se está precipitando sin control hacia el mar Mediterráneo.
Los oídos le estallaban por los gritos aterrados de seres sin rostro que compartían el delirio. La boca había perdido toda noticia de la saliva y, entreabierta y seca, guardaba el leve gusto a almendra amarga que deposita el aliento en la angustia de los jadeos.
En las palmas de las manos, extendidas con angustia sobre las páginas de un libro abierto, las entrenadas yemas de los dedos se muestran incapaces, en ausencia de riego, de distinguir ,entre la urticaria pálida del braille, un adjetivo de un verbo, una frase de una pausa de silencio.
Se había quedado en Macondo, pero no le venía al recuerdo en que esquina del pueblo. Había caído una densa e imposible niebla sobre el trópico que envolvía a la guayaba y arropaba a hombres y pájaros, a vivos y a muertos.
Le circulaba por la cabeza el inicio del juego: “Muchos años más tarde, el coronel Aureliano Buendía, frente al pelotón de fusilamiento, recordaría aquella tarde en que su padre le llevó a conocer el hielo”. Un hielo que le había bajado a las manos como desciende y se posa el rocío en los amaneceres de invierno.
Y ese olor intenso y punzante a cable quemado, como de un chamuscado electrodoméstico inmenso, le sube de la nariz a las sienes y le está acorchando todas las venas, todos los pliegues del cerebro..
Intuyó por la aceleración suicida encogiéndole el estomago que el impacto estaba muy próximo. Entonces, le sobrevino una necesidad enorme de verde , una carencia de azul marino, un antojo blanco de espuma salina, como a quien, por último deseo, le urge conocer los colores que enmarcan su cobijo definitivo.
Mas casi nadie está en condiciones de elegir sus últimos gestos. Y así, guiado por un mandato interno ajeno a su voluntad, el pasajero 27-v se desprendió del cinturón y, como en un ritual dictado por años de instinto, tensó los hombros, lleno de aire el pecho, abrió los brazos en cruz, los levantó y dejó caer, agitándolos en una cadencia pausada pero firme, potente y armónica como un bailarín en el apogeo frenético de la danza del fuego.
Enfiló la mandíbula a proa, arqueando como un junco el tronco y tensando hacia atrás el cuello, buscando con ansia una corriente en el aire comprimido. Una sensación que le llenaba de adrenalina el cuerpo como un placer animal, primitivo y sin compromisos.
Luego, el resplandor prendiendo la tarde, el estallido que quiebra las olas y el silencio que se abre paso entre ecos desvanecidos hasta instalar la calma chicha..
El primer helicóptero del servicio aéreo de rescate se aproximó a las 16,48 horas a la zona del siniestro.
Lo primero que el piloto afirmó avistar fue la cola del aparato siniestrado a la deriva, restos del fuselaje esparcidos en un área de 2 millas marinas y un fenómeno confuso de extraña explicación. El sorprendido piloto comunicó que, sobrevolando los restos, le parecía avistar un ave enorme, de la envergadura aproximada de un ser humano adulto.
El gran pájaro se mantuvo volando en círculo, al estilo de las rapaces, durante unos instantes para, luego, ir ganando pausadamente altura y alejarse de la costa en dirección hacia oriente con un vuelo placido e irregular, como el que no se dirige a ningún destino concreto.
En una urgente valoración, el curtido profesional del salvamento marítimo, manifestó abatido que “hasta un ciego comprobaría que encontrar algún superviviente sería un autentico milagro divino”.
En una ocasión traté de ayudar
a un ciego
a cruzar
la calle.
Le agarré por el codo
y el se desprendió
en un gesto
rápido,
para sujetarme a mí
del brazo.
Cuando uno se juega la vida
se la juega solo.
El otro puede ser un asidero,
un bastón.
Pero, cuidado, los ciegos
saben de sobra que hay bastones tontos,
como zotes útiles,
como socios necios.
Pero los estorbos tienen una terca vocación de socorro,
se te instalen de salvadores
y te lo recuerdan cada aniversario.
Hay una escena que te aconsejo
que recuerdes.
No. No es la manida
en la que él requiere, febril y borracho,
a Joan Crawford
que le mienta
y le diga que nunca
le ha dejado de querer
ni le ha olvidado.
Cosas de los hombres
cuando se ponen niños y estupendos.
No, no es esa la que pido
que traigas de la memoria.
Es la que recoge ese instante de Johny Guitar
en que un vaso está a punto de caer
al suelo.
Se palpa la tensión,
que precede
al inevitable tiroteo.
Pues esa mano, la mano de Johny,
que, sobrio y bello,
recoge el vaso
es la que ahora en la política
mundial yo echo de menos.
Estamos rodeados por los cuatreros,
con el sheriff comprado
y con todo el pueblo con miedo.
Los domingos por la tarde
me da por recordar western.
Me siento un niño
que el lunes no quiere
ir ni a la vida ni al colegio.
Procedo del erotismo
de los que miraban de reojo
la pantorilla negra
de las mujeres de negro velo.
De perder la vista
de costurero morboso
enehebrando agujeros.
De escrutar por las ventanas.
De tener debajo del lecho
un burdel de papel
con mujeres en blanco y negro
con tarifas a precio de imprenta,
sevicio urgente
de unos gametos
clandestinos,
como unos genitales
de los servicios secretos
en donde uno evacua
la pasión,
junto a los excrementos.
Todo esto deja culpa
pero también un gusto
morboso por el misterio.
Los curas ignoran
que una playa nudista
es la tumba del sexo,
como una carniceria,
como la consulta de un ginecólogo,
como un pase de modelos
anoréxicas y pálidas
procedente del campo de exterminio
del deseo.
A las mujeres
las visten modistos que se excitan
con hombres y crean
muñecas de cera
y recortables en pliego.
A veces las visten con corbata,
y un dia las pondrán un bigote
de pega sobre los labios
de la cara
como lo dibujan
sobre los labios
humedos y escondidos
del tesoro sin archipiélago.
Una mujer es una caja fuerte,
que cuando está abierta
no sustraes el dinero.
Adivinar la clave,
deshojar el misterio,
derrotar al desaliento,
encontrar la palabra adecuada
en prosa o en verso,
sostener miradas que deslumbran
eso es, para mí, el sexo.
Luego la culminación
es la parte animal,
una gimnasia de Venus,
necesaria como los finales felices,
pero triste porque los desenlaces
son previsibles.
Lo imprevisisble, lo mágico,
es crear el argumento.
Leonard Cohen, Bukovski,
Nobokov, Romero de torres,
Lawrence, Aute,
Felllini, Berlanga,
Lewis Caroll,
Henry Miller,
Aristófanes, Eduard Fuchs,
Bocaccio,
Daniel Defoe,
Pierre Louis,
Margarita de Valois,
Francisco Delicado,
Quevedo,
Henry Fielding
y, tantos otros,
comparten estos
pecados inconfesables,
estos vicios solitarios.