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domingo, 10 de junio de 2012

Un corazón por motor






Hay quien me difama difundiendo la especie
de que siempre fui peatón.

Es un burdo invento.

En mis origenes fui sobre ruedas.
Fui usuario de un Jané que conducía con orgullo mi madre.
Más adelante tuve triciclo.
Un vehículo de iniciación al fracaso,
de cuestas abajo.
No le cogía el gusto a los pedales.
Hubo una etapa mermelada de fresa
en la que coleccioné coches que tenían novia al volante.
Aun hoy me avergüenzo de haberme enamorado de coches
y mantenido la relación por las prestaciones (del chófer).

Lo que es cierto es que conduzco y me conduzco
de un modo irregular.

Que he aparcado mi vida en estacionamientos prohibitivos
y tengo abarrotado de multas el buzón del olvido.

He antepuesto la comodidad a la velocidad.

Nunca he tenido seguro,
impensable a todo riesgo
ni tan siquiera a siniestros de terceros.

Que no haya gustado de la conducción es debido a esa estúpida prohibición de conducir por la izquierda.

Las normas de tráfico por la carretera de esta vida y mi manera de caminar no se dirigen la palabra desde inmemoriales tiempos.

Cuando me hablan de circulación se me abren las venas.

 Tengo un corazón por motor que cuando me la jugaba nunca me ha dejado tirado.
 


 © Mariano Crespo Martínez



                                

Lo que sienten los niños





Tendría que vivir ya de alquiler en la mansión de la templanza.

Por qué estos perrenques.
A qué se deben estas rabietas.
No tengo palabras y me pongo de morros.
Me voy a solas a mi cuarto.
Miro por la ventana y me siento desgraciado.
Soy un gruñoncete con pañales.
Es tan difícil de entender este tinglado.

Cuando no me ponen vacunas, me quitan dinero del cerdito.
Y una bruja mala me amenaza
con que me van a quitar el trabajo
y me va a meter en el cuarto oscuro con el coco.
También dice que nadie en el pueblo
cobrará por arroparme si me acatarro.

La gente se sorprende de cómo percibo lo que sienten los niños.

No saben que los niños somos ciudadanos desvalidos en chiquitito.

Los entiendo porque me entiendo
y sé que no tengo ya un padre todopoderoso
muy fuerte y muy sabio
que les de unos buenos cachetes a estos malos malosos.
 


 © Mariano Crespo Martínez

                              

sábado, 9 de junio de 2012

In nomine...





En el nombre de la madre Razón.


En el nombre de la Historia, nuestro edificio.
Y de los hijos más dignos de ella,
los que la padecieron y sujetaron.

 

En el nombre de la Vida.

Dejemos que la Ciencia, la Ética y el Trabajo corrijan el rumbo de esta caída libre sin retorno hacia el precipicio.


©
Mariano Crespo Martí
nez   
 


                  




Un antídoto



Un antídoto.

Si lograse una palabra que eliminase
lo que nos va minando hasta la muerte.

Si en el museo de los cachivaches inservibles
tuvieran su acomodo los venenos.

Mis versos de botica servirían para algo más que el pataleo.


Este vano recurso derrotado por la impotencia
de que las sierpes devoren la cosecha de la razón
y engorden al  precio de nuestra estulticia.

Escribo con la humilde pretensión de que haya constancia

en las arenas de los relojes
de que no fui complaciente.

Es muy escaso bagaje
pero es para lo único que creo estar dotado.

 Soy de la estirpe de los testigos.


No ser mudo es mi herramienta para no despreciarme.
 


 © Mariano Crespo Martínez 


                         

viernes, 8 de junio de 2012

Vivir de oído





Si a las mujeres, dicen como lugar común,
se las conquista por el oído,

debo de ser muy femenino.


No hablo del alimento de la vanidad
conocido por estas tierras como halago.

Hablo de amor, de ternura, deseo.
Hablo de sexo, perdón de saxo.
Hablo de ti y de Lester Young.

Recuerdo tus palabras y su ritmo.
Suelo ocultar que bailo con la orquesta de tu voz piano piano.

Al igual que la mayoría de los músicos callejeros suelo tocar de oido.

Y ser tocado.

Las partituras entorpecen más que ayudan para invadir un corazón y un cerebro.
© Mariano Crespo Martínez


               
                           

La ruleta de la fortuna

 
 
Todo acto tiene su rito protocolario,
el rostro que lo sella
el rictus que lo adorna.

Al menos en otro épocas.
 
Nuestra alienación está logrando que el suicidio sea una fiesta.  

 © Mariano Crespo Martínez
 
 
                                
                           

Babel vivió en la Plaza de Castilla




Allí cerca vivían mis suegros.
Paseaba, cuando era pequeño, a mi hijo mayor
cuando comenzaron las obras.
Había una humilde oficina para mostrar
planos y fotos de tan impertinentes edificios.
Nos amontonábamos los viejos, mi hijo y yo
 para llevarnos un pequeño tríptico
y contar a sus abuelos los prodigios cercanos.
Las torres crecieron
y mi hijo se levantó de la silla y me dio la mano.

Pasaron los años y el hedor de los edificios
tomo prestigio en las alcatarillas de los Estado.
Primero con KIO, ahora con Bankia.

En Kuwait pusieron precio a la cabeza
a un insecto de gabardina decían era amigo del rey.
Hubo una historia delictiva con un doble agente
que publicó su propia esquela.
Alí Babá pasó, cuentan, pero abandonó el edificio.
Volvió a la cueva por prejuicios morales.

Babel vivió en la Plaza de Castilla,
en su torre se confundió la lengua:
llamaron crecimiento al latrocinio.

Me acordaba de esta historia en estos días
cuando pensaba en mansiones malditas
y en una bruja amiga que hace limpiezas
espirituales a personas y habitáculos.
Me vino a la memoria entonces
la intuición de mi hijo
que a poco de conquistar el habla,
señalando con el dedo, dijo muy serio:

Esa casa está torcida.

Desde pequeño tuvo mucho olfato. Le tengo envidia.


© Mariano Crespo Martínez