Aunque el pacto era propinarnos tortazos con mano abierta en el boxeo de la hora del recreo dentro del ring de mi barrio no se repetaba reglamento.
Vivía en el territorio en el que solo lloran las nenas. Desvalimiento se llamaba el programa docente de la academia.
Mi madre me enseñó que la sangre no es lo primero.
Prestaba oídos con más atención en los conflictos a los enemigos ajenos que a su propio hijo, con una severa rectitud que no comparto como no acepto que la justicia sea el amparo que pueda suplir al calor de un abrazo.
No he olvidado la lección pero años he penado por perdonar a la maestra.
Aun tengo secuelas. Me cuesta asumir el redentor alfabeto de la amnesia.
La letra no entra con sangre, sino que la condena.
No vendo humo .
Sabe mi biogafía aquello de lo que hablo porque los libros acudieron al quite de la posile delincuencia o de la dependencia en cunetas en la mísera diosa que habita en jeringas con paraísos de poca gloria y alta factura.
Cobijo que no tuvieron algunos camaradas, huérfanos de escuela.
Todavía hay calles de lágrimas regadas por los senderos límite de una generación muerta.
Me reinserté en la razón conversando con un resinsertado.
No me utilicen como ejemplo para alguna teoría académica.
En sentido común me gradué observando la elegancia de un vecino, carterista de oficio.
Y no creyendo en ningún dios y partidario de la enseñanza pública, de muchos frailes guardo un grato recuerdo porque me iniciaron en la curiosidad lúdica salvoconducto del conocimiento.
Al contrario de quien padeció las disciplina cruel del clero, a mí me zurraron laicos. Aquellos maestros de falange que enterraron el sueño docente de la república en un baño inmisericorde de destierro y sangre..
No me utilcen como ejemplo.
Gocé de un padre muy bueno y si no he sido un bala perdida es porque me requisaron el revólver en la sacristía. Rincón en donde bebía el vino de misa y me agencié mi primera revista de señoras en picardías que provocaban actos secretos, con los que, amenazaban, se perdía vista.
No me utilicen como ejemplo.
Soy la regla que justifica la excepción, en una época negra, en ese mi país triste en donde la excepción era la regla.
Las renuncias son semillas sin tierra. Tengo la lengua en la boca bajo el cielo.
¿Es semejante el negro y blanco al blanco y negro?
No confundas con mar el agua salada.
El humo en raras ocasiones habla por señales Por la niebla no se distingue donde está el fuego. El color del cristal de la vida es la mirada. Cuando la vida es insípida también es incolora pero huele a lotera y alcanfor y tedio. Como huele el desamor y los pañuelos.
En las casas de los ricos las criadas perfuman las flores y las señoras el sexo.
Los libros van a juego con el Rembrandt falsificado pero con papeles, al contrario que el servicio.
En la tumba del pacifista desconocido no hay bandera.
Nunca consigo mostrarte cómo es mi desasosiego. Y no es que no quiera. Es que no puedo.
En la eficacia moral de las fábulas tenemos una palpable muestra de nuestra escasa fe en las personas.
Se hace decir a un cerdo, una zorra o una rata aquello a lo que no se presta tiempo ni atención en boca humana.
Que este pensamiento es una majadería no deja de restregármelo cada día un gorrión con sotana.
Albergo mis dudas pero no tengo estomago para polemizar con un pájaro tan volado, ungido y sabio.
Por demás, es terrible herir el ego de las aves. Una primavera le dije que un secreto me lo reveló un pajarito. Y se volvió indignado al nido.
Al cabo de un mes tuve que admitirle que mis confidencias estaban seguras en él como en una tumba. No lo dudes, como en un camposanto, dijo. A mí jamás me han tenido que gritar: ¡Cierra el pico!
A nadie causa sorpresa la confidencialidad de los pájaros, la guardada compostura de las zorras.
y el sacrificio hasta la inmolación de las ratas.
Ahora que el gorrión está rezando su oficio, les digo que las fábulas, como las religiones, tienen un sobrevalorado prestigio, se ven venir sus borrones, no se trazan con brocha fina.
Cuando el escritor duda de la inteligencia ajena hace narraciones con trampa y moralina.
Aunque la propaganda nos procure cuartos a los pregoneros, ninguno logra disimular la pena.