Alguna vez soñé con ser el hombre invisible. (casi siempre, es triste decirlo, para hacer cochinadas sin ser reconocido).
Los sueños, puñeteros, se cumplen. En todos los sentidos. Ahora, la pesadilla concluye con que ataca la orquesta tu música y las muchachas, cuya belleza te estremece las piernas, parecen no verte.
Y tú estás ahí, tarareando la letra, solo, en el centro de la pista, esquivando a las parejas para que no tropiecen con una sombra que se te parece.
No es imaginable mayor traición, - con el atenuante de ignorancia del misterio- que la perpetrada a la promesa de amor eterno camuflada en el candor en retirada del beso primero.
Cuando el candor se nubla
regresa el ángel a su vulgar vuelo de efímero pájaro.
Como me parece vulgar
empezarla por el tejado la he comenzado por
el pueblo.
Una villa en la que
mi mente ya está empadronada y que tiene más de lo
que precisa un hombre con mis vicios y costumbres.
Juzguen ustedes.
Hay un escudo
señorial que si lo acaricias brota la amapola del olvido. Hay un campanario con
nido de cigüeña instalado en mi reloj. Hay un guardia de
farmacia repartiendo libros de Vallejo. Hay una torre
inclinada al paso de las muchachas en flor. Hay un cura, dos
curanderos, tres brujas y un tele-club. Hay una noticia que
corre de boca por vacante de pregonero. Hay una princesa
consorte casada con el concejal de cultura. Hay palacio de
Justicia con juez de aquí paz y después gloria. Hay un cementerio a
la espera infructuosa de su muerto inaugural. Hay vecinos bárbaros
que lloran en el cine y los bautizos. Hay una brigada de
hombres-bobos que se transforman en sabios por luna llena. Hay una general en
huelga y un cabo de puesto sin cuartel. Hay una virgen –dicen
las malas lenguas- sin romería. Hay una víbora de
boca venenosa pero no muerde y es forastera. Hay un astronauta
empadronado que nos cae por Nochebuena. Hay un sota, un
caballo y un siete de copas trabajando de carteros. Hay niños, rifas,
paloduz, rio, lagartijas, cromos, chapas, peonzas y ranas. Hay vacas lecheras y
vacas que prefieren tomar café.
"Atrévete conmigo. Soy joven. Tengo mucho deseo que perder."
"Bajo la lluvia equivocada" VANESA PÉREZ SAUQUILLO
Cuando anochece en las pupilas, al cobijo del fuego sin chimeneas, mi sombrero me confiesa, con voz ebria y gesto indiferente que se cuenta la feria como le va a cada uno en ella,
que, diga lo que diga la gente, va donde quiere Vicente,
que no son iguales las maneras que los modos,
que hermosa no es ni parecido a bella
y que, para concluir, nunca llueve a gusto de todos.
Mi sombrero cuando bebe se pone obvio.
Yo, que no soy de disputas sin precio, le miro a las alas y, con gesto de aprobación, asiento. Alguien que vive en mi cabeza no puede ser un necio.
Pero tan solo en lo de la lluvia estoy plenamente de acuerdo. Es común hacernos responsables de ello a los que residimos en las nubes, pero el asunto es de complicado arreglo.
Los dioses que saben de esto hacen sordina a los rezos.
Es improbable que caiga la fortuna en cada casa porque tocamos a un pueblo por cada tonto por ciento.
Lo que resulta vulgar para ti, a mí me sobrepasa
y me lleva al estremecimiento.
Santos hay que coleccionan blasfemias e incluso algún santo benéfico pero el santoral, amigo mío, no es neutro.
En el mismo lecho o idéntico lo que a algunos da placer a otros les germina cuernos.
La cuestión no es ser o no ser,
La cuestión es ser Caín o ser Abel.
Ser de curso legal o venir del estraperlo.
A la mujer del Cesar no le basta con ser perversa y se acuesta con un notario para levantar acta y parecerlo.
Lo que es verdad a la inversa
no se sostiene al derecho. Cuando el dolor os da tregua llega la ruina al farmacéutico. Solo dicen que hay unanimidad de criterio, y sobre una biblia no haría juramento, en las reuniones anuales de vecinos del cementerio. Algunos están en el duelo mientras hay quien pone el cazo.
Alguien yace en el suelo para que otro levante el brazo. Ahora que, feliz y con tiza, soy tonta risa y estoy tonto, estaré provocando
algún ardor de estómago.
La muerte me aguarda sin prisa. Por más que relojes impíos proclamen que ya es muy tarde
la he convencido de que, para mí, es demasiadopronto.
Luego digo te quiero,
cuando quería decir buenas noches y susurrandole pido un besoa mi sombrero, que se deja llevar porque ya, hace un buen rato, cayó (y calló) rendido.
La espuma del mar y las caracolas fueron en el principio.
En siguientes jornadas nacieron las algas, los peces y las sirenas que crearon la palabra y los tiovivos de las verbenas.
Vinieron los viajeros, los barcos, los puertos y las luciérnagas. ¿Dónde está eso? En nuestro pensamiento un instante antes de que llegue el sueño. ¿El mar es tan viejo? Las olas, dice el marino, son las arrugas del mar. Son las del marino, yo pienso. Subido a una banqueta con voz de profeta digo que, cuando el cansancio le asalta, el tiempo se refugia, con la cadena acurrucada, en los relojes de bolsillo del pantalón de faena del poeta, bajo su delantal de dependiente de ultramarinos. El cansancio es marrón con brillo y con pelaje duro y erguido para limpiar las manchas del olvido. El cansancio, digo, es un cepillo para la ropa de los domingos. El cansancio convoca al arenero que cierra los ojos para el inicio de la sesión de noche en el cine del sueño. La espuma del mar y las caracolas son un precipicio.
Mi mente es una barca a la deriva en busca de dueño.