En aquellos años en que viajaba en los trenes nocturnos conversaba con hombres y mujeres que, sin detenerse a pensarlo, confiaban en el destino.
Viajar en un viaje colectivo es un acto de fe: en el conductor, en las vías, en las máquinas, en los cielos propicios, en la existencia de las estaciones, en que no te van a asesinar mientras duermes, en que la sopa no lleva veneno.
En las largas charlas de aquellos compartimentos o en el humo de los pasillos aprendí a repudiar a los desconfiados.
Esos hombres y mujeres que saben demasiado, tanto, tanto, tanto que no juegan a vivir porque en el juego hay tramposos.
Temen en tal gradoal engaño que cuando contemplan la magia buscan el truco del mago, se casan con mujeres horrendas o viven aislados.
La vida es admitir la cuota de engaño y disfrutarlo.
Si uno desconfía de las mujeres, de los amigos. de la ideas que agrupan, de los que comparten camino, es que uno no se fía de sí mismo.
Desde la invención del espejo el género humano tiene motivos para no fiarse de uno mismo pero desde que salieron al mercado las gafas con piedad solamente lo hacen los cretinos
Me he enamorado en mis viajes de algunos tipos de los que la gente se mofaba y decían en voz queda, de bueno que es todo el mundo le engaña.
Esos hombres, esas mujeres siempre eran sabios ejerciendo de estar en la inopia. Tenían espejo en su casa, se habían mirado a los ojos y se habían perdonado -tras la adquisición de las lentes de la misericordia- ser de la misma raza que aquello que odian.
Los otros entrañan peligro. Riesgo de contagio, posibilidad de estafa, disparo por la espalda.
Vivir es una práctica de riesgo.
La desconfianza es segura como la soledad del hombre que toca la armónica en el corredor de la muerte. Y nadie le escucha.
La desconfianza es segura comoel manual del amor propio escrito en paja.
Si nunca te han traicionado no conoces ni el nombre ni el rostro de la amistad.
La cicatriz más contaminada es la que deja la asepsia.
Cuando, con dos amigos, comencé en una emisora cultural un programa de radio, alguien, con tanta obediencia como escaso poder, me hizo la sutil advertencia de que habláramos de cultura y no sacáramos provechodel Pisuerga como afluente del Duero.
No entendí del todo el consejo ni la sorna del tono. Quiero decir que no me dio la gana entenderlo.
Días más tarde, viajando en taxi, tuve una iluminación profética. Desde una emisora creada para hablar de dios bombardeaban al Gobierno.
Cuando subes por una escalera que tiene la piedra gastada, pulida, brillante, bajas a través del tiempo y cada peldaño hacia arriba es un siglo de menos.
Cuando llegas al final - lo notas porque se toca el suelo- estás en la cima, en el orígen del árbol genealógico y te está esperando un antepasado que se presenta para que sepas si es por parte de padre o de madre y tener un tema para ir conversando, tras tantos años de molesto silencio que justifica diciendo que en los últimos milenios ha estado muy atareado.
Hablar con el primer miembro de la familia y comer manzanas del árbol de la ciencia del bien y del mal son los dos momentos más estúpidos en el mundo conocido y la demostración palpable de que la curiosidad, amén de pecado,es un vicio nefando origen tanto de la desdicha como del conocimiento.
Cada tribulación contiene un grano de orgasmo.
El que ambas fenómenos sean de idéntico desarrollo ha llevado a muchos individuos a orar a desconocidos para desgracia de sus rodillas y paz del espíritu. Las articulaciones y el espíritu viven en mundos distintos.
En el trayecto de la escalera has descendido desde el grito del punk al aullido salvaje de las cavernas y compruebas que la cultura tiene forma de círculo y ojos de higo húmedo.
Cuando reconoces a tu primer pariente se te despeja la duda de si el comportamiento es de origen genético o fruto del aprendizaje.
Entre sudores, Gregor Johann Mendel, despierta de su pesadilla y vuelve a ordenar metódicamente los guisantes.
Verdes, amarillos, rugosos, lisos.
Pater Noster qui est in caelis.
El prior le tiene advertido que ore más y pierda menos el oremus.
Tal vez se espera que al decir todo lo aprendí en la noche estamos bebiendo, fumando, y escalando el monte de Venus sin cuerdas para llegar al volcán y ponerse encima o debajo.
Todo ese paraíso artificial que habita en la palabra bohemía.
Pero hay hostales de habitaciones con vistas a patios interiores en donde los cadáveres se arrojan por ver si los angelitos vuelan.
Si como yo te has muerto alguna vez conoces que en algunos tanatorios no cierran los bares.
Si alguna vez acudes a Urgencias aconsejo ser el enfermo más que estudiar desesperación por móvil en la sala de espera.
Si crees en la épica de las guerra fría no has ordeñado el miedo y la angustía en una garita de Artillería.
Si crees que los chistes de Lepe son rancios no te han vendido de madrugada un ataud con descuentos para la vida eterna de tu padre en un pueblo de la sierra.
Todo ese paraiso artificial que habita en la palabra bohemía. Y no es una cristalería.
Son añicos de una botella de lejía, de amoniaco, que, por fortuna, está vacía. O, para tu desgracía, está llena.
No tenía besospara la cena y he tenido que vender un nocturno de febrero en ausencia de mar y con espejo.
No comparto el pavor, por el común aceptado, a dejarme sustraer la intimidad en la red.
No soy partidario de esfuerzos inútiles. No me pueden robar algo que hace tiempo no poseo y ya me han privado de lo privado.
Cuando estudié, por correspondencía, para espía, aprendí que para tener un secreto bien guardado hay que disipar toda la vida hablando de uno sin decir esta boca es mía.
El peligro siempre está en casa como conocen en carne propia todas las buenas familias, el papado y la monarquía.