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miércoles, 20 de marzo de 2013

Al amor de las estrellas



En la plaza de Ópera frente al Teatro Real ocioso
un hombre plantó durante mi noche un gran telescopio.


Aquel hombre demandaba unas monedas
a los que quisieran contemplar unos instantes
la boveda aturdida por el colapso del cielo.

Pensé que aquel curioso del firmamento
había gastado sus ahorros en aquel artefacto
tal vez por descubrir a una estrella anónima
y registrarla con el de una dama pretendida
para así seducirla como se nos seduce a los ingenuos:
convirtiéndonos en únicos e irrepetibles para una mirada.


Divagué en aquella noche templada
que no sería osado deducir
que las femeninas estrellas
como mujeres nos contemplaban.
Dotadas de ese escudriñamiento
inverso de las damas
que observan
como las observa
el observador
para detenerse a posar o huir de esa mirada.

Al llegar a casa, salí a la terraza
y, como en mí es costumbre,
hice confidencias con una estrella
que frecuenta mi barriada.

En mi barrio
a la gente recomendable les vetamos la entrada.


Me comentó muy excitada
que había desubierto un nuevo hombre
que, en el cielo absorto, 
persiguía con sus febriles ojos
a los luceros como a las muchachas cuando bailan
alfarereando su cuerpo como si fuera lodo que desbarra.


Un hombre al que había visitado la desgracia
pues aceptaba monedas para que los niños
cerraran los ojos ante un cielo
que, en absoluto, les interesaba.

A los niños les interesa el reino de los suelos,
las alturas inconmensurables les dan vértigo.


Mi confidente estrella de sonrisa celestial
había registrado a aquel derrotado con el nombre
de un asteroide que orbitaba en torno a ella.

Asi pasamos largas horas
contándonos perdidas miradas
hasta que nos dio la del lucero del alba.


Me dormí ya de mañana envidiando a aquel tipo,
a quien la miseria había alquilado su casa
pero que tenía su nombre puesto cerca de la Vía Lactea.


Nunca sabe nadie en que lugar es único e irrepetible
aunque piense que su vida vale menos que la nada.

No lo cuentes pero te juro que no miento,
de la mirada de algunos hombres
padecen fiebres las estrellas enamoradas.


Sucede que la gente
pone su fe y su corazón en lugares más prosaicos
y dichas fútiles y mundanas.






© Mariano Crespo Martínez







                         

lunes, 18 de marzo de 2013

"La Sabiduría"


No todo se aprende en los libros.


Pocas veces me remonto a narrar
asuntos de mi vida antes del actual ciclo.


Yo, como algunos de ustedes,
pasé un largo periodo cósmico en el limbo.


En el limbo, los retretes de los bares
están como en nuestro planeta
al fondo a la derecha.


De entre todos ellos me gusta frecuentar
los de "La sabiduría", un tugurio de letras.
En los de ciencias nunca se aquivocan en la cuenta.


Tras la puerta de los excusados de "La sabiduría"
he leído lo que constituye mi bagaje personal.


Como en la Biblia misma a los autores de las sentencias
de esta taberna no los conoce ni dios
pero se podría fundar una religión con ellos
o sin ellos pero con sus clarividencias.



Allí leí: No pongas fecha al fin de tu juventud,
será tu juventud quien decidirá su clausura.
También estaba escrito:
No cortes la cinta de inauguración de tu vejez
será
tu vejez quien, de improviso, deje en la consigna
a tu nombre su equipaje de amargura.



Debajo de todos ellos, un mensaje extraño,
iniciático, cuyo último sentido aun transcurrido
varios siglos, no logro descifrar:
Al acabar no olvides tirar de la cadena.



Y una máxima de profético contenido conservacionista:
Déjalo como te gustaría haberlo encontrado.



La filosofía más profunda está cifrada en mensajes cotidianos.
Es simple y no gusta de atajos.


Debajo de mensajes prácticos
se encuentran ocultas las respuestas que nunca encontramos

sobre el fin de los tiempos
en los retretes, en los recónditos arcanos.




© Mariano Crespo Martínez






                              
                            

Pacifista como Albert Camus




Algunas personas se indignan por el suceso
tan trivial de que el nuevo
patriotismo sea el de marcas comerciales.
Que se mate por soldada
y no por honor y épica.


Que la vida sea mercenaria y no de regalo u oferta.


Para mí tengo que, simplemente,
eliminaron los señuelos,
las coartadas,
las tapaderas,
los engaños.


Las guerras oficiales
siempre se hicieron para robar lo que otro tiene
o no pagar las deudas propias
o restaurar el orden imperante de los dueños de la tierra.


Y de paso,
hacer a las mujeres ajenas lo prohibido con las nuestras,
saquear sus propiedades,
quemar sus templos
y borrar su pensamiento y linajes.


La barra libre de las patrias, las banderas y los dioses.


Magnos inventos para tapar intereses tan mezquinos y simples.


Leí a Albert Camus.
Estuve y estoy de acuerdo.
Aunque le hicieran callar
a derecha e izquierda, tras Argelia.
Lo siento.
Hablamos de que el fin justifica los medios.
Y los fines, qun los justifica.
Los medios, los medios, hermanos, los medios.


No lo olvidemos si queremos evolucionar el revolucionario.
Hacer humanos los cambios.
Construir personas, no fabricar mercenarios.


En lo pequeño se alberga la grandeza
al igual que el cambio del planeta
en cada uno comienza.


No se me irriten si les digo que prefiero las cosas claras
y que nadie crea que es un heroe cuando de asesino ejerza.



© Mariano Crespo Martínez





                            

viernes, 15 de marzo de 2013

Sueño pofundo



Las damas cimbreaban los abanicos para darle viento al tedio.


Era el preludio en re menor para un siglo venidero.


Creo que dieron en llamarle el del progreso.


Ella se desabrochó la blusa
y, sin pudor, me dejó el corazón al descubierto.


Ella, coqueta y plural, como un centro de flores,
tiene todos los nombres del universo
y de todos los jardines el tránsito de los tiempos.


No me pregunten como concluye el sueño.


Hace varias lunas que no me despierto.


Ni estoy en ello.


Los vapores de la fuente del delirio me regalan dias bellos.


Me llamaban Amor
y hay cabezas en las que me dan por muerto
desconociendo, incautas,
al desabrocharse la blusa,
que a su corazón le tengo puesto precio.




© Mariano Crespo Martínez







                             
                             

jueves, 14 de marzo de 2013

Tarjeta de visita




Puse en mi tarjeta estilista de árboles
cuando me hice podador.

Dije en la entrevista de trabajo
que leía prensa deportiva antes de dormir
y no que me acostaba con un libro de versos cada noche.



Desde niño pobre adorno la realidad para engañarme.
Y oculto mis rarezas a los mayores.


Ahora pongo la luna para que sepan que trabajo la noche.

También he puesto sereno y puto
para que no me confundan con un poeta o algo miserable.


© Mariano Crespo Martínez





                  

miércoles, 13 de marzo de 2013

Marzo, 8




No me gustan todas la mujeres como no son de mi agrado
todos los hombres ni todos los españoles
ni todos los zurdos de ideas,
ni siquiera los de mi barrio.

Son iguales. Por eso hay entre ellas el mismo número
de feas que de hermosos,
de chicas inteligentes que de chicos tontos.

También somos diferentes
nosotros solemos tener el pecho más chico
y el pelo más corto.

Y malas. Como no admitir que hay mujeres perversas
si consideramos que las hay de inteligencia suprema.

Pero no puedo hablar objetivamente del mundo de lo femenino.
Me atrae y me fascina.
Me ha enseñado casi todo lo que todavía ignoro.

Me ha cerrado heridas y me las ha abierto.

He logrado con ellas que dolor y placer
sean una experiencia y no una palabra del diccionario.

Las he querido y las he hecho pupa.
Me han amado y me han tirado como una colilla.

Pero no estamos en paz.
No tengo tiempo para empatar aunque mil años viva.

Y si los creyentes tienen razón y existe el paraíso
yo me niego a entrar si no es de su mano.

Porque amparan como nadie.
Y no me fío un pelo de un dios macho.


© Mariano Crespo Martínez







                               
                             

martes, 12 de marzo de 2013

Los hijos del miedo



Una dictadura deja extrañas secuelas
como las cojeras en los brazos
por un balazo en las piernas.


Los mutilados de aire libre
sin asiento reservado en los transportes
hacia futuros imperfectos, luego bellos.
Los hijos de la dictadura
tenemos una cierta propensión al maniqueismo,
al blanco o negro
y más cuando el gris era el uniforme de la policía.

En una dictadura está al alcance de cualquiera
descubrir la bola del trilero.
Es, da vergüenza decirlo, la que se oculta bajo el cacillo
que lleva escrito prohibido levantar.


El mundo es tan explicable con una moneda.
Cara, eres un hombre de bien.
Cruz, eres un desafecto.


En el grupo de los desafectos no están solo
los voluntarios de las emociones fuertes
sino los desechos del adversario,

librepensadores,
homosexuales sin armario,
cura raros
e inadaptados varios.


Desde la caída del muro
Berlín nos es menos excitante
como todas las ciudades
en las que se puede ir a cualquier lugar
sin mirar a tu espalda de continuo,
un estigma del disidente
.


Los hijos de la dictadura
gustamos de leer entre líneas.
Cuando nos hablan claro el desconcierto nos invade
como la claridad a las ratas y a los hijos de la noche.


Mientras los tabiques de platino esnifan la nieve
nosotros solo fumamos en los retretes.


Los hijos de la dictadura
gustamos de mujeres que se cubren lo que deseamos ver,
las puertas entreabiertas,
las charlas a media voz,
los ojos negros de las cerraduras
y el humo que enturbia las bombillas.


Los hijos de la dictadura
solo nos sentamos en la barra
si detrás hay un espejo por el que se ve la puerta.


A los hijos de la dictadura
no nos gusta jugar al escondite
y tenemos papeletas para el sorteo de paranoias
de las tiendas de gabardinas y gafas negras.

A los hijos del miedo
los taxistas nos huelen a soplones
y las esquinas las tomamos por el medio de la calle.

Por la aceras no corre el aire.


Los hijos del miedo somos asquerosamente puntuales
hasta para llegar a la cita que no vamos.
De momento.


© Mariano Crespo Martínez