Ensimismado ante mis siglas, mi siglo y sus años constato que soy mil novecientos en números romanos.
Secular, con pocas luces y mucha barbarie, con sus cloacas y su quosque tandem, con sus gladiadores y sus ciudadanos, con sus suspensos en el tan citado Derecho.
Haber tenido un imperio no es una común manera de estar en ruinas.
Si leyéramos a los antepasados sabríamos quién abre la puerta a los bárbaros.
Las culturas se derrotan de hastío cuando la ética no provoca entusiasmo.
No puedo quejarme del trato de la vida pero no quiero detenerme ante el retrato.
Los escultores saben que el canon no son los modelos y que la belleza no siempre se le extirpa a la piedra o encuentra, qué crueldad, una mirada analfabeta.
Con un pasado tan imperfecto y encuentro mi presente continuo, contigo, y presiento el futuro y el pasado a solas, en la mañana encapotada de azul cala.
Ahora ocupo menos tiempo conjugando con jugo en los verbos.
El verbo se hizo carne, en el Evangelio según San Juan y en mi casa y en mi ventana y en mi calle.