lunes, 13 de mayo de 2013
Si no es magnicidio cómo se llama
Creo recordar que he visto cimbrearse a los chopos
ebrios por el soporífero licor del viento del sur.
Estaba a ocho metros de Adolfo Suárez en el preciso
momento en que con dignidad arrojaba la toalla
y un redactor jefe me había enviado porque en el CDS
no había canapés de calidad y nunca pasaba nada.
El día que mataron a Kennedy la acera hervía
por una tarde impía que hizo que las porteras,
con mi madre a la vanguardia,
fueran plañideras con una convicción rara,
entre el espanto y la alharaca.
Pasarían muchos años hasta la mañana
en que aprendiera en clase de Lengua
que magnicidio era que metieran al mundo
un tiro en cabeza ajena.
Jamás imaginé que vería reventar la cabeza
al mundo para salvaguardar algunas carteras.
Y si su nombre no es magnicidio cómo se llama.
© Mariano Crespo Martínez
domingo, 12 de mayo de 2013
Crónica de un crónico
No, no estoy curado de espanto.
No niego que me robó una novia
un fiel amigo gay
después de que ella me engañase con otra.
He visto a la gente insultar
a los que abogan por sus derechos
y aupar hasta el poder
a los presuntos.
Los pobres son de nacimiento sospechosos
y cuando crecen culpables.
Los ricos son genéticamente ladrones
y, cuando les aprueban Derecho, presuntos.
Con estas vacunas
hay quien es de natural impertérrito
y puede tomar el té durante terremotos.
Pero es que yo no aprendo, coño, no aprendo.
Tropiezan mil veces las piedras conmigo,
el mismo tipo,
y parecería que los minerales no tienen memoria.
Todavía blasfemo
con la firmeza de un teólogo
cuando me hace pupa
un desplante,
un desamor,
un desvergonzado hiriendo
a un desheredado
cualquiera,
mi prójimo.
No estoy curado de espanto
y, para más inri,
mi doctora parece que tampoco.
© Mariano Crespo Martínez
viernes, 10 de mayo de 2013
Indicios
Me vas conociendo.
Tengo deseos sencillos
y no suelo recordar las pesadillas
en los divanes ajenos.
Soy torpe tanto como tierno.
Por tontadas me enfurruño
pero me dura el tiempo exacto
de esquivar al murciélago
en los breves claustros del tedio.
En mis analíticas no encuentran
ni una gota de rencor ni de olvido
ni de sangre fría
aunque provenga del frigorífico.
Soy nada lagarto y desbordo latino.
Adquirí, al pasar el Rubicón,
vocación de cascarrabias
pero no me matriculo
y me irrito sin titulación.
No me gusta la gente en masas
excepto cuando hay un común objetivo
o cuando me diluyo de sólido a líquido.
No me han doblegado con castigos
pero me derrumbo con un beso
y confieso cuánto quiero y he querido.
Nunca logré ser pianista
pero mis dedos saben hacer su trabajo.
Me vas conociendo.
Tengo deseos tan sencillos cual tozudos.
Ver nacer el día contigo
es uno de los más lúcidos
Y verlo morir
uno de los más lúdicos.
© Mariano Crespo Martínez
jueves, 9 de mayo de 2013
El cocinero de Maó
A Victoria Geijo, que me regala música
Abre la partitura y la descifra
en el tempo piano de la siesta
más que en la sugerencia
del creador de la sutil belleza.
Cual vidente recorre a ciegas
todos los matices que guarda en su memoria
de la breve estación de las corcheas,
de las fusas, semifusas
y la dignidad frutal de las cerezas.
Todos los aromas musicales
que tiene en la alacena
pulcra de su cabeza
a la que la tramontana
enredó el rebelde cabello
que ya no posee
y las ideas revolucionarias
que confita
y conserva.
© Mariano Crespo Martínez
miércoles, 8 de mayo de 2013
Taxidermistas de sueños
Los taxidermistas de sueños guardan el Olimpo
en la chistera donde los dioses procrean como conejos
y son extraídos a conveniencia.
Los taxidermistas de sueños
incluyeron la carne de gato en la gastronomía,
tienen libros de culto en las axilas,
hacen carrera política desde la escuela,
gustan de quemar sabios en las hogueras,
son dueños de urbanizaciones en la galaxia,
posan para su retrato en las casas de moneda.
Los taxidermistas de sueños
inventaron el travestismo con un cordero y una loba,
convierten a la muerte en alegre sala de espera,
levantan sedes sociales en los cementerios,
realizan sesudos tests de inteligencia a la sopa boba,
emplean las palabras más hermosas
para la fachada vacua de la nada,
celebran el bautismo de todo lo maldito,
coleccionan devotos en ediciones de bolsillo lleno,
compraron el arcoíris a precio de ganga,
y cobran derechos de autor por las banderas.
Los taxidermistas de sueños
convierten el vino en agua, al revés que el Nazareno
y lograron, pertinaces, que la izquierda
fuera designada dirección prohibida.
Los taxidermistas de sueños
son el oficio más antiguo sin abrirse de piernas
ni cerrar por nochebuena.© Mariano Crespo Martínez
lunes, 6 de mayo de 2013
La vida tras la burbuja
Volver a empezar
es un repaso de los cuadernos de apuntes
ahora que ya no importa entender la letra.
Volver a empezar
es recuperar el apetito
por el pan y chocolate y dulce de membrillo.
Volver a empezar
es renovar a la curiosidad su abono de socio
para el palco con vistas al sosiego,
ese país en donde la vida transcurre despacio.
Por eso al volver a empezar
no conviene comprar prismáticos
con vistas al pasado,
ni microscopios
para analizar los salivazos recibidos.
Ni telescopios
con vistas a los urinarios de los planetas.
Ni visitar videntes, ni intimar con santos.
Más bien, al volver a empezar,
conviene desempolvar el traje de la dignidad
que guardamos como fondo de armario
aunque no vaya a juego con nada
de lo que ahora se lleva.
© Mariano Crespo Martínez
domingo, 5 de mayo de 2013
Inmortalidad vacua
Conocí a un corazón con piernas
que albergaba el deseo
de que una placa le inmortalizara
en un retrete de damas.
Supe de un escritor
que tenía concluida su necrológica
para evitar las torpes
necedades de un exégeta de guardia.
A uno le pueden llamar pánfilo
pero que no le manipulen
ni a los hijos ni a la obra.
Estériles esfuerzos en un país
en donde es costumbre
el guardar memoria
de los genios por una anécdota.
Con excesiva frecuencia,
ajena.
De borrón
y cuenta nueva.
© Mariano Crespo Martínez
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