No me mortifica la edad. Soy más joven que los muertos. Sí me hace mella un lugar sin geografía que no tiene dígito concreto y no se llama, joven ni maduro ni viejo.
Hay una edad en la procesión en que,, como en las pistas de despegue, se te indica que ya no hay camino de retorno.
Si la has cruzado sabes de qué taquicardia crónica hablo cuando callo.
No niego que me robó una novia un fiel amigo gay después de que ella me engañase con otra.
He visto a la gente insultar a los que abogan por sus derechos y aupar hasta el poder a los presuntos.
Los pobres son de nacimiento sospechosos y cuando crecen culpables.
Los ricos son genéticamente ladrones y, cuando les aprueban Derecho, presuntos.
Con estas vacunas hay quien es de natural impertérrito y puede tomar el té durante terremotos.
Pero es que yo no aprendo, coño, no aprendo.
Tropiezan mil veces las piedras conmigo, el mismo tipo, y parecería que los minerales no tienen memoria.
Todavía blasfemo con la firmeza de un teólogo cuando me hace pupa un desplante, un desamor, un desvergonzado hiriendo a un desheredado cualquiera, mi prójimo.
No estoy curado de espanto y, para más inri, mi doctora parece que tampoco.
Me vas conociendo. Tengo deseos sencillos y no suelo recordar las pesadillas en los divanes ajenos.
Soy torpe tanto como tierno.
Por tontadas me enfurruño pero me dura el tiempo exacto de esquivar al murciélago en los breves claustros del tedio.
En mis analíticas no encuentran ni una gota de rencor ni de olvido ni de sangre fría aunque provenga del frigorífico. Soy nada lagarto y desbordo latino.
Adquirí, al pasar el Rubicón, vocación de cascarrabias pero no me matriculo y me irrito sin titulación.
No me gusta la gente en masas excepto cuando hay un común objetivo o cuando me diluyo de sólido a líquido.
No me han doblegado con castigos pero me derrumbo con un beso y confieso cuánto quiero y he querido.
Nunca logré ser pianista pero mis dedos saben hacer su trabajo.
Me vas conociendo. Tengo deseos tan sencillos cual tozudos.
Ver nacer el día contigo es uno de los más lúcidos
A Victoria Geijo, que me regala música Abre la partitura y la descifra en el tempo piano de la siesta más que en la sugerencia del creador de la sutil belleza.
Cual vidente recorre a ciegas todos los matices que guarda en su memoria de la breve estación de las corcheas, de las fusas, semifusas y la dignidad frutal de las cerezas.
Todos los aromas musicales que tiene en la alacena pulcra de su cabeza a la que la tramontana enredó el rebelde cabello que ya no posee y las ideas revolucionarias que confita y conserva.
Los taxidermistas de sueños guardan el Olimpo en la chistera donde los dioses procrean como conejos y son extraídos a conveniencia.
Los taxidermistas de sueños incluyeron la carne de gato en la gastronomía, tienen libros de culto en las axilas, hacen carrera política desde la escuela, gustan de quemar sabios en las hogueras, son dueños de urbanizaciones en la galaxia, posan para su retrato en las casas de moneda.
Los taxidermistas de sueños inventaron el travestismo con un cordero y una loba, convierten a la muerte en alegre sala de espera, levantan sedes sociales en los cementerios, realizan sesudos tests de inteligencia a la sopa boba, emplean las palabras más hermosas para la fachada vacua de la nada, celebran el bautismo de todo lo maldito, coleccionan devotos en ediciones de bolsillo lleno, compraron el arcoíris a precio de ganga, y cobran derechos de autor por las banderas.
Los taxidermistas de sueños convierten el vino en agua, al revés que el Nazareno y lograron, pertinaces, que la izquierda fuera designada dirección prohibida.
Volver a empezar es un repaso de los cuadernos de apuntes ahora que ya no importa entender la letra.
Volver a empezar es recuperar el apetito por el pan y chocolate y dulce de membrillo.
Volver a empezar es renovar a la curiosidad su abono de socio para el palco con vistas al sosiego, ese país en donde la vida transcurre despacio.
Por eso al volver a empezar no conviene comprar prismáticos con vistas al pasado, ni microscopios para analizar los salivazos recibidos.
Ni telescopios con vistas a los urinarios de los planetas.
Ni visitar videntes, ni intimar con santos.
Más bien, al volver a empezar, conviene desempolvar el traje de la dignidad que guardamos como fondo de armario aunque no vaya a juego con nada de lo que ahora se lleva.