Décadas dediqué a domesticar la pausa de lucidez que desactiva el arrebato. Ahora me reprochan que soy menos espontaneo. © Mariano Crespo Martínez VIDEO
Durante mis años mozos,
antes de la invención del abono-transporte, no estaba a mi alcance escapar con asiduidad del barrio del caos en el que fijé mi residencia en la tierra de nadie. Rescato para el presente efímero ese amasijo de pasiones sin horario con el propósito de presentarles a un poeta que vivía en México y fue mi guía de destierros hasta el día de mi temprana primera muerte y de su doloroso entierro. La historia diminuta de dos vencidos con un mar por medio. León Felipe me hizo escribir mis primeros versos. El poeta que huyó del sapo Iscariote, el caballero andante que no tenía casa solariega y blasonada, el paria que ni siquiera tenía una capa, me relató, como nadie, la lástima. Por él llegué a Alonso Quijano y entendí a Cervantes con su cara de funcionario preso, y el brazo sano de genio. Por él me hice romero. Supe, por él, por sus poemarios, que dios vive lejos del templo y, apostando por el respeto a los muertos, deseché la burda idea de ser sepulturero o de rezar como el sacristán viejos los rezos. Mi vida limitaba al norte con un poeta viejo, sordo y feo. Han pasado bastantes libros por mis manos pero, aun hoy, tengo depositada en el sabio zamorano, la desconcertante fe del ateo.© Mariano Crespo Martínez VIDEO
Solo a un necio le puede interesar conocer en que puntal cardinal se encuentra cuando se extravía. Sabido que los piratas no usan cuaderno de Bitácora, tan solo loro, parche, ron, y madera en una de las tres patas.
La brújula para los perdidos es sólo una verificación de destino, la bajada del guardabarrera estando ya en la vía a la hora maldita en la que el tren trae cara de pocos amigos. El certificado de víctima de la notaría. Cuántos comodines me quedan para no llegar tan pronto al páramo del frío. Quedan 33 latidos para el invierno. Ir de farol con brújula es como viajar al infierno con la compañía de un hisopo y un exorcista. De qué sirve en un sitio sin ascensores tener por único cómplice al ascensorista. El destino es una apuesta en los boletos de transporte. Mienten quienes aseguran que ganando el Sur, pierdes el Norte. La historia, ay, la suelen escribir
esos cretinos previsores
que la tienen prevista. A veces, llega, asegura mi vecina de asiento en la escoba. Qué turbador resulta el amor de una bruja. Es más segura la garrafa de ron que alguna pócima. © Mariano Crespo Martínez VIDEO
Los vicios sencillos están más arraigados. Por quién dejarías de beber agua clara.Por qué de esnifar aire limpio. Las cosas primarias, ay, a las que somos adictos.© Mariano Crespo Martínez VIDEO
No falseo la moneda de la verdad cuando digo en ocasiones que beso en catalán, describo a los nazis en hebreo, blasfemo en latín y maldigo en arameo. Requiebro en francés de la vendimia, canto en un inglés necesitado de subtítulos y miro en italiano cuando poso el ojo en lo prohibido. Conozco que Carlos V daba órdenes en francés a la señoras, en alemán a la milicia y a dios, en castellano. No sé llega emperador, por gracia divina, para pronunciar su nombre en vano. El castellano es la lengua en que mi madre me desveló el lenguaje. Es mi patria y mi bandera. El arte en la pluma de García Márquez,
Cortázar, Neruda, Lorca, Quevedo,
Galdós, los Machado y Miguel Hernández.
Yo quiero y no puedo
pero es mi cómplice de este viaje.
Lo utilizo para echar las redes del enredo
y sacar a navegar mi fantasía
pero no para imponer
un concepto, una costumbre, una idea. Como el mismísimo amor,
es universal y sin aduanas esta lengua vuestra y mía.
Y si no que venga Cervantes y lo vea.
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Condenados a hacer testamento vital hiriendo la corteza de los álamos. Al borde del precipicio, en el límitede fuerzas, versos y víveres. Con la herida purulenta del alma exhibida en el museo de la carne. Comprendiendo, a la postre, que los buitres y las cigüeñas pregonan distinto mensaje. Fuera de nuestro alcance la barbarie, nos abandonamos al impudor de los cadáveres. © Mariano Crespo Martínez VIDEO
a Fran Picón Una noche en Zaragoza delirante como una jota Ebria o como si la luna se bebiera de un trago el río y su cauce.Alguien pudo confundirme con las ruinas romanas y a Fran con Cesar Augusto contemplada la ciudad desde mis ventanas. Un grupo de mujeres se empeñó en la tarea de cubrirme de besos para protegerme del Cierzo con un Ebro tan pletórico que bajaba marea. Puse el nombre de deseo al nuevo tranvía que pasaba a la sombra de la basílica en memoria del perdido que no entiende la guía. En añoranza mía que gozaba como Zara de su aragonmanía. Una noche en Zaragoza delirante como una jota Ebria o como si la luna se bebiera de un trago el río y su cauce.
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