Como un monje trapense
que ve a dios
sin poner palabras el encuentro,
hay quien se complace con el recogimiento.
A mí me sabe mal
el sexo
en silencio.
El sexo es oral
y lleno de agujeros como un queso,
como un beso.
El templo,
la oración,
en la punta de la lengua recreo.
© Mariano Crespo Martínez
Desahuciada la esperanza.
Ni siquiera,
el propio ángel del aguarda,
me protege ya la espera.
Andando por un andén
y la gente corre que te corre
hasta la parada del paro.
La fe
es una prestación
eterna
de unas pocas semanas.
Eres tú
y no el carné
el que tiene código de barras.
Pide la vez mil veces.
y date una vuelta
como el pez en la pecera.
No hay jamás segunda
si conviertes en última a la primera.
Ni siquiera,
el propio ángel del aguarda,
me protege ya la espera.
Con la esperanza desahuciada
soy poca cosa para el Heraldo del que no llega.
© Mariano Crespo Martínez
Cada vez que tus ojos me dan la luz larga
y me deslumbran y me ciegan.
Cada vez que para pensarte de frente
me brotan ojos sobre las cejas.
Cada vez que el jinete grita
y vierte hasta sus seis letras.
Cada vez que un cuerpo se agita
y se extenúa y se derrama.
A espaldas de tu último pensamiento
se despide la noche cansada
cada vez que amanece el despertador muerto
y nada se atreve a sonar nada.
© Mariano Crespo Martínez
En un entreacto,
cuando me hallo absorto en una dicha sin marco,
me sorprendo pintando el deseo de su origen
sobre un lienzo en blanco.
Esa necesidad de inventar una flor
recreándome en una fragancia.
Me parezco a aquel que ponía la oreja en el mar
para dar sentido a la inútil belleza
de las caracolas de su infancia.
No tiene más lógica esta fiesta,
a la que nadie nos ha invitado,
que investigar lo preguntado una vez hallada la respuesta.
Los entreactos, a estas alturas de la función,
nos parecen dulcemente hermosos
pero, en concreto, son más largos.
© Mariano Crespo Martínez
A Gemma, mi amiga de cabecera
y para Carlos Crespo, mi asesor en temas de corazón.
Los que viven de hacerlas
admiten fatal las preguntas.
Desde que le pregunto cómo está,
mi doctora
no me quiere ni ver por la consulta.
© Mariano Crespo Martínez
Los poemas son una pista
.
Breves prendas descuidadas
para que te siga tu hada
y perder a otros de vista.
Las melodías agarradas
las borda el acordeonista.
© Mariano Crespo Martínez
En el periodismo resulta rutinario
el arrinconamiento entre el polvo
de la palabra elección,
el uso socorrido
de apuesta.
Esa manía persecutoria
de liebres que padecen los galgos
por alcanzar una meta.
Emboscados por tal emboscada
pasamos la cinta métrica
al tamaño que importa:
el éxito.
Y la fama, su profeta.
Todo lo que nos llevó a la derrota
por efímera que esta sea
es un error a no repetir
y ciego el que no lo vea.
Pero me aplico el maleficio
de la duda
y apostato de la diosa fortuna
como la religión consuelo
del todos a una.
Mi patrimonio se escribe en yerro.
Llamé aciertos a lo que, tal vez, fueron deserciones.
Lo que asumí como errores
pudieron ser elecciones fuera de tiempo
semillas que planté confundiendo estaciones.
El mutable azar, las circunstancias,
no nos eximen del ejercicio de la libertad,
de respirar nuestro propio aire
y, cuando vienen mal dadas,
esperar a otro reparto más favorable
sin renuncia de los valores
y sin cambiar de nombre, de novia, de calle.
© Mariano Crespo Martínez