Me lo quedo al poeta y al poemario, a la memoria de los muertos y a su notario.
Y me lo llevo
puesto.
No me des bolsas
ni me prevengas sobre su cuidado. Sé dar mimo a las flores y los retratosy he aprendido a besar en gallego y castellano.
Tengo una antífona en el botiquín de primeros auxilios junto al agua oxigenada,la tumba de Keats y las despedidas a Lennon.
La casa roja esta queimada por si aquello de que las meigas no soportan las frutas destiladas en aguardiente de Villafranca.
Cómo será la llama
en la tierra en que hasta el agua arde.
Fora de tus palabras, hermano, hace un frío que pela y eso que junio es casi verano. La intemperie inquieta de la consumida vela. La calidez en bicicleta. los versos del panadero, del ciudadano.
Maestro Mestre. ¡Y va pregonando que es poeta el paisano!
Como de casi nada de lo que afirmo me avala prueba
alguna, solo sé probar lo
que callo.
Pero digo, constato, que si una mujer -una cualquiera como la que ahora estás olvidando- guarda en su corazón tu retrato, será estéril el esfuerzo pueril de posar en tu mejor pose -de frente y de perfil- porque ella tendrá como canon lo que tiene escondido -sistoleando, diastoleando- bajo su pecho, custodiado con la clave de la fecha del nacimiento de su madre. Y remedando ese hábito instintivo que fluye desde Eva hasta el árbol y el nido pasando por Simone de Beauvoir, emboscada por una serpiente, un culebrón y mucho olvido hasta el corredor de la muerte.
Y añado que si lo que retrata su mirada de tu rostro ajado por el tedio y en ausencia de coartada no coincide con el testimonio gráfico en rojo, negro y blanco, del Génesis, la costillay el barro que custodia entre la tregua de sus senos, no tienes currículo ni pasado. Quizás un futuro trágico.
Cuando el corazón ya no riega la huella digital que allí dejaste te ha delatado.