Cuando la ballena
salió de los miedos de Jonás
dio por inaugurada
la fiesta
en la que bailé en
nocturnidad alevosa con ratas, sierpes,
murciélagos y cucarachas. Sin una cierta mala reputación no entrabas.
No abandonabas sin el veneno con que los proscritos aman.
Tal vez fuéramos un huracán con ojo de
adolescencia y nos prevenía el
padre Ceferino sobre el no
confundir "la gimnasia con la magnesia". Vivíamos de oído. Y puede ser tan distinto lo que suena parecido. El cuarto movimiento de la novena sinfonía de Beethoven o el Himno a la Alegría de Miguel Ríos.
A una mujer madura de una mujer joven no la separa solo el paso del tiempo por el prado poroso de su cuerpo. La distancia, en el cruce del amor, la proximidad cercana del lejos. Tiene su ritmo interior,
no se aburre con el silencio
no pregunta lo que ya conoce,
goza cada momento
porque es muy efímero lo eterno.
Son del mismo
género pero, en el gozo. no es similar ni lo mismo la obra maestra y su esbozo.
Me he vendido bajo
la luna por besos de una peseta.
Entiendo que ahora me leas y no me entiendas.
No tengo una verdad para prestarte. Una certeza de alquiler que te ampare esa fiebre sin más síntoma que la necesidad de dormir en la nevera o que no se olviden los geranios de regarte la tierra abandonada por la Virgen de la Cueva.
El intempestivo vuelo del cóndor tras la última cena.
Entiendo, amor, la urgencia del musulmán por ir a la meca y mi peregrinación a César Vallejo con los pétalos de mis miedos en la biblioteca.
Entiendo esta quietud inquieta porque, desde muy joven, me imaginé de viejo. Era casi un niño cuando me acurruqué en César.