En ocasiones me
estremezco
como si una
mariposa azul cobalto
bailara en mi nuca
una polca. Raudo, me introduzco el
periscopio por la boca y te diviso, desde las vísceras de la ballena, pensándome, ausente y melancólica, sobre una chaise longue de Versalles.
Los rácanos jardines te niegan la perfumada brisa de la
tarde.
Es la hora precisa en que los relojes de la
chimenea carraspean con placidez y se detienen ante la indiferencia de los retratos que nos sonríen pese a que los decapitamos.
Te acerco una copa de agua fresca y tras beber un sorbo caes en la cuenta de la impostura de la pócima.
Cierras los ojos porque intuyes que se prepara la orquesta que la victoria consiste en rendirse, colocar el marca-páginas en el libro de Víctor, y abandonarse a lo que,
a todas las luces del siglo,
semeja una fiesta.
El limite soportable para el insulto y
la lisonja es descapotable y cuando llueve se
moja. El más duro es el más frágil . Nada encaja sin deformarse como la esponja.
Los que somos de barrio gastamos
más aguante frente a un mamporro que ante un pellizquito de
monja.
No suelo hablar de la llamada de la sangre
excepto cuando hablo con vampiros. Cual hijo pródigo o ismaelita con la familia
tengo una relación definible como de
vaivén crónico. En casa cuelga una deshojada
margarita en el lugar destinado al árbol genealógico.