Mira, amor, yo fui devoto del cine francés y
sueco.
Juré guardar la verdad
-con la mano sobre Cahiers de Cinéma-
en blanco y negro.
Me hice socio de un cine club, con 31 barbudos y un oscuro objeto de deseo,
en donde 33 era un lleno.
Llegué a la cama de mujeres con polvo-forum y revisión del ego
tras un último tango fumado en los divanes.
Pero debo admitir que la sinceridad, como el veneno, no es segura ni habitable, puede ser mortal según la dosis, cuando hiela la mirada, cuando incendia el aire.
Amé, y amo el recuerdo, de un ángel
enganchado a la heroína
con las alas lastradas por pinchazos.
Además era adicta a la dulzura néctar de las reinas, al desprendimiento de las rocas, a la espuma del mar y al sur galope del viento sobre el asesino caballo que relincha.
La gente olvida esto porque la heroína engancha al que observa además de al que se la pincha, como pringan por igual los cienos
En ocasiones me
estremezco
como si una
mariposa azul cobalto
bailara en mi nuca
una polca. Raudo, me introduzco el
periscopio por la boca y te diviso, desde las vísceras de la ballena, pensándome, ausente y melancólica, sobre una chaise longue de Versalles.
Los rácanos jardines te niegan la perfumada brisa de la
tarde.
Es la hora precisa en que los relojes de la
chimenea carraspean con placidez y se detienen ante la indiferencia de los retratos que nos sonríen pese a que los decapitamos.
Te acerco una copa de agua fresca y tras beber un sorbo caes en la cuenta de la impostura de la pócima.
Cierras los ojos porque intuyes que se prepara la orquesta que la victoria consiste en rendirse, colocar el marca-páginas en el libro de Víctor, y abandonarse a lo que,
a todas las luces del siglo,
semeja una fiesta.
El limite soportable para el insulto y
la lisonja es descapotable y cuando llueve se
moja. El más duro es el más frágil . Nada encaja sin deformarse como la esponja.
Los que somos de barrio gastamos
más aguante frente a un mamporro que ante un pellizquito de
monja.