Mira, amor, yo fui devoto del cine francés y
sueco.
Juré guardar la verdad
-con la mano sobre Cahiers de Cinéma-
en blanco y negro.
Me hice socio de un cine club, con 31 barbudos y un oscuro objeto de deseo,
en donde 33 era un lleno.
Llegué a la cama de mujeres con polvo-forum y revisión del ego
tras un último tango fumado en los divanes.
Pero debo admitir que la sinceridad, como el veneno, no es segura ni habitable, puede ser mortal según la dosis, cuando hiela la mirada, cuando incendia el aire.
Amé, y amo el recuerdo, de un ángel
enganchado a la heroína
con las alas lastradas por pinchazos.
Además era adicta a la dulzura néctar de las reinas, al desprendimiento de las rocas, a la espuma del mar y al sur galope del viento sobre el asesino caballo que relincha.
La gente olvida esto porque la heroína engancha al que observa además de al que se la pincha, como pringan por igual los cienos