Me llegaron noticias de Magallanes cuando solo era
almirante y no había
ascendido a sonda. Tuve la voluntad de alistarme a sus órdenes y dar la vuelta al planeta.
Me faltó coraje.
Nunca anduve sobrado de osadía
y mi repertorio de aventuras
cuando no eran invento tampoco eran verdad.
Bien es cierto que por entonces solo viajaban los perseguidos
y los que no saben respirar sin perseguir.
Hay hombres que rastrean sueños
y otros que los encuentran solo con dormir.
Los que tenían que meter algo en el estomago
y los que tenían que eliminar el tedio de existir.
Yo no tuve valor para alistarme a un suicidio,
ese tipo de aventura con final fatal.
Desconocía que tan arduo es ese viaje como el inverso: Cuando el planeta empieza a darle la vuelta a uno
y no existe freno a esa cruel travesía
porque está narrada en algún lugar.
La diferencia es que el cuaderno de bitácora se
llama poesía.
No me amenaces, se le pudo entender a él, mientras huía hacía ese barrio llamado Soledad.
No es fácil la vida en las ciudades cuando cae la noche y brillan las navajas de los sentimientos. Cuando la luna es una emboscada y no hay guardaespaldas de emociones.
El acordeonista de la esquina ponía la banda sonora con una de esas perversas canciones de Adamo.
Al llegar a la primera esquina gire usted a la
derecha hasta llegar a una
mercería, luego siga como dos manzanas y avance por el boulevard hasta la estatua ecuestre condecorada por palomas como el jinete militar.
Vuelva sobre sus pasos y, por la acera contraria, retorne a la mercería, deshaga el camino de las dos manzanas, gire a la izquierda y estará otra vez aquíen el mismo lugar.
Me preguntó usted por lo que merecía ser visto de la ciudad y desde que ella se marchó nada merece la pena ya mirar.