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jueves, 7 de noviembre de 2013

Trama



Precavido, 
antes de que lleguen los hielos,
he colocado tu retrato 
en donde, en sueños, tengo una chimenea
y despierto tu hueco perfumado.

Cuando caiga la escarcha 
ya protegerás un rincón cálido, 
a la vera de la luz tenue del invierno, 
junto a Charlie y los libros.
Ese sitio de músicos negros
y poetas blancos.
De húmedos labios y secos lirios.


Luego, como sucede todos los años
cuando te brillan los ojos,
la primavera parpadea
y se maquilla de verde el prado.
 
Y nos libamos los pétalos
para inaugurar el nuevo milagro.
 

Mientras dure la fiesta,
mientras no presientan los amos
y el eje cansado del planeta
lo que abrazados tramamos.
 


© Mariano Crespo




                      

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Devoto


No tengo religión, amor, 
pero soy un hombre de fe. 

Creer es comer turrón en agosto
para que te nazca un salvador. 

No tengo religión, amor. 

Pero he rezado a nadie
cuando no soportaba tanto dolor. 

Soy un hombre de fe, amor.
Soy un hombre de amor, mi fe.


Uno de esos cretinos que presentan batalla 
cuando lo razonable es la rendición. 

No tengo religión, amor, 
pero soy un hombre de fe.

Un devoto radical de la santa intuición.
 


© Mariano Crespo




                          

lunes, 4 de noviembre de 2013

Parásito mortal


Aprendí a volar con aves carroñeras
y gracias a este magisterio,
nunca gratuito, 
desarrollé un raro instinto 
para detectar la presencia
cercana de un cadáver 
aunque fuera clandestino. 

He visto difuntos 
en miradas de muchachas 
en cansinos vuelos de cigüeñas
en etiquetas de claveles
en botellas de mala uva
en ujieres de museos 
y en cloacas de cinco estrellas.

Aprendí a volar con aves carroñeras
el día que me libraron del muerto parásito 
que me amarraba a la tierra. 

Si hospedas un  muerto dentro no detectas muertos fuera.

© Mariano Crespo



                         

sábado, 2 de noviembre de 2013

Chaval de sesión continua




En mi barrio no había cines de estreno
ni mujeres con paso a nivel con barreras
pasados los dieciséis años. 

En mi barrio nosotros y los perros,
en los mismos descampados,
desflorábamos amapolas,
aliviábamos el celo.
 

Antes de extrañarme
fui monaguillo en bodas de penalti 
y comencé a beber escondidas
sangre de dios en garrafa
cuando aún era tan solo vino
y mi vida una absurda estafa
a la espera de asesino.
 

En mi barrio 
solíamos estar en pecado 
porque no era bien visto 
ser confidente ni confesor
ni pasarse de listo 
ni hacerse el tonto
ni tener buen olor 
ni llegar tarde ni volver pronto
ni que asomara el dolor.


En el primer año de academia 
aprendí a hacer novillos,
aguantar la tos al fumar,
levantar la falda a las muchachas 
y cuando te calientan la cara
apretar los dientes sin llorar. 

En mi barrio el nivel no lo daba el mar.
Lo daba un coche 
siempre manchado en el asiento de atrás.
 



© Mariano Crespo




                         

                         

miércoles, 30 de octubre de 2013

Mar de la Tranquilidad



El mar de la Tranquilidad
es un paraje 
de la luna
y una piel,
mestiza de gladiolo y chirimoya
en donde deposito simiente
futuro y miel,
cuando llega el tiempo 
tan caliente
de la siembra. 

El mar de la tranquilidad surgió de las conjunciones
de la inteligencia hembra
con damas de corazones.
 

© Mariano Crespo



                          

                         

Plegaria



Dame una cómplice
y si la vida nos persigue

Protege a la vida, si puedes.
 

© Mariano Crespo



                      
                         

La palabra




Cómo explicar en este
cierre de civilización 
que hubo un tiempo
en el que decir 
tienes mi palabra
era más válido que un contrato. 

Quién se apropió 
del valor cambio,
compromiso,
pacto, 
de la palabra.

Quién devaluó el oro al precio de la hojalata.

En el principio fue el verbo.

En el final, la errata.
 


© Mariano Crespo