Ajusto la blindada sonrisa al orificio expansivo de la boca. Armo la piedad sobre el azul acero de los ojos. Me encamino a la batalla cotidiana contra el dragón que exhala cenizas y cadáveres de rosas.
Al amparo de la luna he dejado mi fragilidad y las inciertas dudas.
Desde hace un tiempo impreciso oímos el ruido de su trayectoria pero no sabemos cuándo explotará, ni si lo hará, ni si lo hemos lanzado ni siquiera si hace frío.