Nadie que me conozca se explica por qué
no tengo coche careciendo de su
permiso de manejo. Nunca tuve acreditación para lo
que disfrutaba y constituyó mi sustento.
Fui a la universidad a adquirir un diploma y salí con un vacío enmarcado para el salón de la casa que no construí en aquella cala donde desembarcaban de noche los contrabandistas de sueños.
No ejercí ni un solo minuto aquello para lo que me titularon aun careciendo de talento.
Cuando te ocupo, princesa, me miras con la mezcla de piedad y estremecimiento con que se ampara a los polizones y la visita sorpresa de una inquietante tormenta en un mes de invierno.
No admiten teólogos en mis paraísos y tú, amor, me guardas el secreto de que creo vivir sobre un ADN falsificado o sospechoso o espía o heterogéneo.
Quizá por esa certeza efectúas redadas en mi alma las noches en que tengo clandestino ese suave
sentimiento cobijado en la esquina más oculta de mis círculos
concéntricos.
Los amigos que saben
de mi fobia al clero no terminan de
aceptar
por qué no soy ateo.
Apelan entonces al
atajo de mi juventud de novicio y a que el hábito conforma carácter como la costumbre, los horarios
o el desahogo rutinario
de la noche de los sábados.
Se equivocan
por completo. En aquel templo
yo carecía de fe sin saberlo. Como he sido criminal de guerra en algún perverso deseo. Se equivocan porque yo he conocido guerreros pacifistas y monjes sin dios. He conocido incluso, créanme, sabios que tenían título universitario
con su diploma en marco.
Con el criterio centrípeto de los grandes credos creen que negar la existencia de dios es negar la del hegemónico.
Cuando los dioses
no habitan en el cielo
sino en la guía de teléfonos.
Cuanto más universales somos más provincianos.
Yo creo. Creo en las tormentas y en los amaneceres en ti, amor, y en mi deseo.
Creo en San Juan de la Cruz y en el gregoriano. en la teología de la liberación y en la risa y en el orgasmo que da color a la amapola
y afina el piano.
No tengo fe en la apostasía porque tampoco creo en los certificados.
Y he visto algún milagro.
Hace muchos años iba a la iglesia a esperar que terminase su trabajo el cura que era mi amigo. A veces, llegaba a tiempo y contemplé el espectáculo de como la más vieja de las feligresas enferma de un avanzado Parkinson transportaba las vinajeras hasta el altar con el tintineo de los cristales que nos llenaba de una tensión de una incertidumbre sin redoble de tambores.
Creo en el dios que hizo que jamás se derramase ni el vino ni el agua ni que nunca robase el yonqui de mi calle que fue deshilando su vida mientras hilaba artesanía,
ojeras y hambre.
Yo creo. Creo en las tormentas y en los amaneceres. En ti, amor, y en mi deseo.
Pero no, no soy ateo.
Porque si no le tengo fe al blanco que me obliga a afirmar el negro.
No tengo fe en la apostasía porque tampoco creo en los certificados.
Lo que sí tengo es
amigos sacerdotes
y una radical fobia al clero.