Nadie que me conozca se explica por qué
no tengo coche careciendo de su
permiso de manejo. Nunca tuve acreditación para lo
que disfrutaba y constituyó mi sustento.
Fui a la universidad a adquirir un diploma y salí con un vacío enmarcado para el salón de la casa que no construí en aquella cala donde desembarcaban de noche los contrabandistas de sueños.
No ejercí ni un solo minuto aquello para lo que me titularon aun careciendo de talento.
Cuando te ocupo, princesa, me miras con la mezcla de piedad y estremecimiento con que se ampara a los polizones y la visita sorpresa de una inquietante tormenta en un mes de invierno.
No admiten teólogos en mis paraísos y tú, amor, me guardas el secreto de que creo vivir sobre un ADN falsificado o sospechoso o espía o heterogéneo.
Quizá por esa certeza efectúas redadas en mi alma las noches en que tengo clandestino ese suave
sentimiento cobijado en la esquina más oculta de mis círculos
concéntricos.