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sábado, 12 de abril de 2014

Etc


De cuando estuve en racha
recuerdo varias enfermedades 
y algún instante enmarcado
como un diploma 
de experto en mareas
y fresas salvajes.

También añoro los coches de caballos
que te dejaban al borde de la luna,
las maquinas de vapor, 
los sacapuntas,
y los impertinentes candiles
de las caricias mudas. 

Frías madrugadas 
de cuando las tabernas 
echaban el cierre al siglo 
y no decían ni palabra los gatos
perplejos ante la sirenas.

Cuando las mujeres 
no dormían 
pese a yacer en el lecho 
y los profetas 
dejaban augurios 
escondidos en la paz de tu pelo 
como se ocultaban las petunias
en los parques 
bajo los sauces 
y la dictadura tenaz de un cielo
todavía neutral
y, por ello, 
bello.


Fueron tiempos difíciles
 
para alguaciles y estatuas 
y una época de prodigios 
para los envasadores 
y los estrategas
de rendiciones 
sin disparar un solo beso.

Fue hace tanto, tanto,
tiempo. 

Tan lejano
como cuando estuve en racha

y me despeinaba el viento
antes de convertirme 
en etcetera
en la larga fila del miedo. 

© Mariano Crespo

El envés



Las espaldas desnudas de las mujeres 
son lisas como llanuras manchegas 
o con gotelé y lunares
pero llevan la maldición 
de que vestidas son la última postal 
de los santos lugares. 

El detrás de las mujeres
tiene la enciclopedia 
ilustrada del planeta 
a fuerza de haberse echado 
la historia a cuestas.

Al frente
el fuego volcánico de sus pechos,
el agua salada de su vientre
con el sexo herido,
labrado,
para la simiente.

Y dos botones de gata o faro
que guardan la luz 
y la desprenden.

Al frente 
de las mujeres
el futuro y el pasado 
hecho presente. 

Te percatas
de estas bendiciones
cuando las mujeres 
te dan la espalda vestidas 
porque languidecen
siete de tus siete vidas
y porque 
-en la más benigna de las opciones-
se apagan los candiles y te mueres. 

© Mariano Crespo

martes, 8 de abril de 2014

Silencios



Confieso 


que he puesto carmín rojo

a la palabra labios

y que deliraba mi vientre

cuando desnudaba tu relato.

Confieso 

la evidencia del vértigo si caigo

y la levedad pétalo del tacto 

sobre el velo tórrido del arrebato. 

Lo que atardece y contemplo, amor, me lo callo. 

© Mariano Crespo

Vida



Camino hacia un sitio que no deseo
como caminan con parsimonia
los elefantes viejos.

La nada es un lugar 
del que no guardo recuerdo. 

No acepto la muerte
porque la mía, 
sin cielo,
por miserable carece de techo. 

Solo sé amar de memoria
como un mamut en el tiempo.

© Mariano Crespo

Anacrónico




Ese modo 
de desear el suelo
cuando navego el aire. 
Esa manera 
de añorar el cielo 
cuando repto la calle. 

Ese contratiempo, 
esa infelicidad tan cobarde
de los fugitivos del presente
porque las flores 
siempre fueron más frescas mañana,
más maduras cuando reaparecen. 

La fragancia es el preludio,
las cenizas, 
lo anterior 
y posterior 
a los perfumes
por más que el olfato te engañe. 

Nunca alcanzas a amarme 
como sueño que me amarás 
como añoro que me amaste. 

© Mariano Crespo





Escribir




Como no voy a llamar placer
a este prodigio que impulsa los dedos
y funda el soberano acto de escribir
si con ello espanto a la muerte
de hoy, domingo de marzo,
como cuando sincronizo con tu cuerpo
parasinpausadetenereltiempo. 

© Mariano Crespo





Maga



Me levanté de una mesa de azar
hace varias décadas 
a esperar que cambiara la racha. 

Regreso con los ahorros
de los naufragios de la lógica 
a jugármelo todo a tu carta. 

Vengo de no perder 
ahora aspiro a la magia. 

© Mariano Crespo