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domingo, 8 de noviembre de 2015

Nostalgias



Echo de menos 
cosas incómodas, 
como el disco de marcar los teléfonos, 
los telegramas desde cualquier puerto, 
los bulevares de algunas calles
los anuncios de duelos en la radio,
las palmas demandando un sereno
Yo que soy de aquel tiempo 
en que la ocasión la pintaban calva
y en los pubis se ensortijaba el vello.
Dicen que fui un jugador raro de baloncesto,
todo porque me encantaban los tiempos muertos.
Echo de menos la nova canço catalana 
el viejo cine negro americano 
y aquel -tan breve- nuevo madrileño.
Echo de menos a Hilario Camacho 
el ruido de los somieres 
la vergüenza en las farmacias
las farolas rotas del parque 
y el póster de Novecento.
Echo de menos 
el laberinto épico de los sujetadores 
con corchetes que no admitían sobornos. 
Echo de menos los curas rojos 
y el psicoanálisis bonaerense.

Echo de menos cosas incomodas,
como esperarte a la salida del metro
-cuando empezaron a reconocerme las musas -
a la vuelta del baño, 
a la puerta de tu casa, 
a tu llegada al orgasmo, 
a esperarte y que no me rimaran las palabras. 

© Mariano Crespo

jueves, 5 de noviembre de 2015

Despedida


Cuándo deja uno de escribir.
No quiero desafiar al destino 
diciendo un día que me voy 
cuando para todos ya me había ido.
Pero cómo renunciar
a este gusto de acompañar 
al viejo al teatro
hasta el poema al niño.
Este placer de buscar 
en el escote, entre los muslos, 
de las musas, 
aquello que igual no está,
porque no soy yo el elegido.


© Mariano Crespo

martes, 3 de noviembre de 2015

Fallos



Casi todos los fracasos coinciden
solo en la bandera, las tasas 
y en el sabor a vinagre 
del vino del desprecio.
Pero los grandes fracasos
son sublimes.
Y lo son por la lógica 
demente del cálculo 
de improbabilidades de los sueños. 
Por haber proyectado
cosas tangibles 
como nadar en el cielo 
como volar bajo el agua 
como residir en tu sexo.
Esos fracasos 
tienen la nacionalidad de la infancia 
y un montón de caramelos
brotando de los cuentos.
Y yo os digo que el niño, 
el hombre, 
crece según la altura de sus tropiezos.
Los demás, 
-esas vidas ejemplares, por ejemplo-
no cumplen profecías, 
ni encarnan leyendas, ni protagonizan cuentos.
Son manuales, catecismos y prospectos. 
Esa biblia sin belleza 
que construye demoliendo.


© Mariano Crespo

Vainica Doble


                                    (Para Gloria Van Aerssen y Carmen Santonja , ahora juntas para siempre)

Hubo tardes de candor
al que subía la fiebre 
y miradas turbias,
los ángeles tenían sexo 
y aunque aun no usaban lencería
estaba en llamas la ropa interior.
 
Tardes de humo dulce 
y vello suave en las piernas 
faldas de flores 
y citas de Beauvoir
antes de un beso
que te convertía 
al existencialismo 
porque los otros 
eran los rivales 
y el infierno 
Ella tomaba café y coñac 
y jugaba al parchís 
comiendo veinte 
y contando una,
María, Paloma, 
Adela y Chelo, 
un póquer de damas 
perdedor 
para una mano 
de mal agüero, 
con un pájaro dentro. 
La tragedia,
en francés, 
de los náufragos adolescentes.
Todas las canciones que me envenenaron 
parecían, a simple vista, inocentes.
Y no he levantado cabeza 
desde el primer baile 
cuando el primer izado 
del mástil de la bandera blanca 
creyendo que ibas al ataque.

Lo repito y lo repetiré mil veces: 
Todas las canciones que me envenenaron 
parecían, a simple vista, inocentes.


© Mariano Crespo

lunes, 2 de noviembre de 2015

Secretos (II)


Hay muchas secretarias solteras 
o casadas con su secreto
por lo civil o lo penal
y saben lo que ignoran las carpetas
cuando los discos duros se ablandan. . 
Hay hombres 
que coleccionan secretos 
y se casan con dios
y se amanceban con la soledad
preguntándose dónde un secreter 
- en que otro discreto mueble- 
puede perder sus misterios. 
Hay espaldas vencidas por secretos,
y por eso llevan protección
de policías secretos. 
Mi abuela 
contaba sus secretos antes de dormirse 
por si de mañana no la escuchaba el sol
y se moría con ellos dentro. 
Mi abuelo era un secreto en sí mismo
y yo empiezo a parecerme a sus silencios. 
Comienzo a hablar con chivatos 
y callar con los amigos
y hasta con los perros. 
Creo que al final voy aprendiendo 
el oficio de tumba estudiando para pregonero.

© Mariano Crespo


domingo, 1 de noviembre de 2015

Secretos (III)



Hay dos razones 
para que un viejo 
escriba poemas de amor.
La segunda es que conserve la memoria
y el olvido. 
La primera nunca fue ni será mía 
pero me la callo yo.

© Mariano Crespo


Clásicos


Soy complaciente con la preferencia 
de las élites por los clásicos. 
Se debe a que están muertos
y buscan por conventos su tumba
junto a los fetos de las monjas. 
Y los cadáveres
-por muy golfos que sean- 
no dejan a deber en hostales, 
burdeles o tabernas. 
No se burlan 
de su empaque 
ni comentan como una señora 
cuando le viene o le llega. 
Los cadáveres 
no ponen el status quo 
como un bebedero de patos 
o el coño de la Bernarda.
Un poeta es una paloma cagona 
hasta el momento que deviene estatua.
Yo entiendo la preferencia 
de las élites por los clásicos, 
voy, incluso, ay, compartiéndola.
Y me esfuerzo en la elegancia 
para llegar a académico 
o concejal de cultura 
o tertuliano de ateneo
o palanganero de palacio 
y dar nombre a una calle sin salida
o, lo que viene a ser lo mismo, 
una corriente literaria.


© Mariano Crespo