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miércoles, 25 de noviembre de 2015

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Francamente,
yo no he sido un buen patriota. 
Hubo un tiempo 
en que por pasear con Diane Keaton
por las calles de Manhattan
me hubiera hecho miope y judio. 
Por tocar con Charlie Parker 
hubiera estudiado para negro.
Y por ser Leonardo
me hubiera empadronado 
de ángel prófugo
en el infierno. 
Cuando suena 
cierta melodía de Puccini 
me pongo de pie 
y con la mano en el pecho. 
Cuando 
veo un pañuelo
acariciando el pubis 
- como una cortina de incienso 
 ante el pórtico de la catedral de Florencia-
juro bandera 
y abdico de otra patria 
que no sea la de los desterrados
por disfrutar de la fruta de Eva.
Tal vez por esos desórdenes, 
cada vez que he enseñado el pasaporte, 
sin nada que ocultar, 
tengo sudores en las manos
y el corazón se hiela.

© Mariano Crespo


lunes, 23 de noviembre de 2015

El humo del deseo


Dejaron de fumarme los cigarrillos
hace ya bastantes años.
Fue, casualmente,
cuando colocaron el aviso 
de que produce impotencia 
el uso de ese producto
cuando renuncié a mi consumo.
Solo lo echo en falta 
cuando me embeleso 
con unos labios 
que me secuestran la mirada.
Cuando deseo que les llegue 
mi beso y luego morderlos 
a bocaditos pequeños 
como de ensaimada o bombón 
y cuando ella me mira turbada. 
-yo subo el puente de mis gafas- 
sin poder acudir al paquete 
y decir: te apetece un cigarro,
me parecía que tenías ganas.
Cierto es que no es de recibo esta patraña,
pero no lo es menos que a las mujeres 
las divierten las coartadas absurdas
para los pérfidos crímenes del deseo
que nunca se culminan o se callan.

© Mariano Crespo

domingo, 22 de noviembre de 2015

Fabuladores

                            A Marcello Mastroianni, maestro de fábulas.
          
Por mucho que asumas tu historia
no veo adecuado que pongas 
en un marco de plata tus radiografías 
adornando las paredes de la alcoba
ni que invites a tus amantes 
a ver el vídeo de tu boda.
A los amores efímeros 
no les importa tu interior 
ni los muertos que te vieron 
prometer un incumplimiento.
Las mujeres pasajeras cuando dicen 
que deberíamos conocernos un poco más 
antes de ir a la cama,
es porque viene en el guión 
no porque estén interesadas.
Y los buenos amantes 
conocen que las mujeres lloran,
hasta convertir en pasión las lágrimas,
mejor con las historias inventadas.
A los tristes se les tiene piedad.
A los fabuladores se les folla.

© Mariano Crespo


sábado, 21 de noviembre de 2015

Retrato de pipa con hombre


Vidas atrás 
me recuerdo erudito, 
con buena labia, 
de pensamiento
mucho más sociable.
Tenía un resorte
en la cabeza 
por el que oía una noticia
y opinaba, 
elaboraba un diagnóstico,
encontraba el meollo 
enunciaba las causas. 
Las mentiras,
por esta oreja me entraban
y salían por la de enfrente.
Las verdades tomaban café 
conmigo a diario 
y los domingos iban a misa
y comulgaban ruedas
de molino recauchutadas. 
Ahora, 
si oigo una información 
no miro a nadie,
no vayan a preguntarme. 
No sabría qué decir, 
por dónde empezar.
Es tan complejo todo
que para errar mejor es callarse. 
Y cuando
-porque leí algo del tema- 
tengo algo que apuntar 
para aportar al debate 
hace ya un siglo 
que cambiaron de tema 
o acabó aquella guerra,
dio comienzo otra hambruna, 
cambió el clima 
y se casó un torero.
qué se yo,
con un toro 
o alguien con cuernos
de buena camada
y acabó la tertulia. 
Vidas atrás 
hasta me podías 
pedir un consejo. 
Hoy solo indico 
a los perdidos 
cómo llegar a su calle.
Es como si todo 
estuviera más claro 
o más turbio
pero para mí 
para mi uso personal
exclusivamente. 
En esta vida presente 
no convenzo a nadie
me da pereza
utilizar el cerebro 
para usos triviales. 
Eso sí, 
desde que estoy torpe 
para el debate 
capto los sentimientos 
al vuelo y debato 
con los pájaros 
y con la sombra de tu pelo 
cuando se desvanece
el mundo con la tarde.
Enciendo la pipa,
leo mis poetas 
y el mundo adquiere 
nuestro desorden 
amable. 
Esas tibias ganas
de besarte las flores 
y tararear un bolero 
sobre el ser, 
el infinito, 
la omnipresencia 
de tu boca 
en la palabra beso,
Sobre la omnipresencia
del amor 
entre las noticias de barbarie.

© Mariano Crespo 
© Foto de Héctor Crespo

viernes, 20 de noviembre de 2015

Las cenizas del candor



Para todas nuestras vecinas de cualquier 1º A

Aquella tarde,
ensayando un beso 
y el giro idóneo de la lengua
para no ahogarse,
repitiendo los deberes
cerrando los ojos
un segundo antes y después
de la ejecución del arte

como los maestros del cine
fundamos nuestra pareja.
Vimos que nuestros apellidos 
tenían la suficiente armonía
para oírlos sin rencor un niño
en la lista de la escuela, 
Sonábamos a familia 
con letrero en la puerta, 
papel pintado 
y los domingos paella. 
Con todos los amigos 
a tomar café 
y enseñar la terraza 
con vistas a un parque 
con un montón de árboles
en donde el sol 
se empadrona.
y pájaros recién casados
como nosotros
hacían el nido y piaban.

Que dios proteja 
cada rincón 
de esta entelequia. 
Aquella noche, 
por vez primera, 
mi mano temblorosa 
entró bajo tu jersey 
y conoció la conmoción 
que supone el llegar 
a un nuevo planeta,
un territorio febril
que cuando lo descubres,
emocionado, tiembla.
Aun ahora en el recuerdo
la garganta se anuda
y agoniza una neurona. 


Aquella tarde, 
aquella noche, 
ignorábamos
que el guión estaba escrito 
y era inconsistente, 
ramplón como un sainete,
bufo cono una mala opereta. 
 
Historias de amor 
que sacamos del desván 
tras una opípara comida,
de tres o cuatro copas 
y solo para hacer reír 
a los comensales 
de una sobremesa
que decaía en la modorra.
Ms tarde, a solas piensas,
que el tiempo 
-ese resabiado patán-
convierte nuestros fracasos
más sólidos, en nuestra 
colección de anécdotas.
Y no es justo, 
no es justo por ti,
y más injusto por ella,
convertir en chascarrillo, 
lo que si tuvieras valor 
de manchar tu máscara 
con lo que arde y quema, 
sería un -no sé si hermoso-
pero digno y reparador poema.
Más de noche, 
lo escribes 
entre lágrimas
que se te escapan
como en las películas 
de perros abandonados,
o de niños huérfanos. 
Qué rara es, con las pérdidas,
con las cenizas del candor, 
nuestra cabeza.


© Mariano Crespo

jueves, 19 de noviembre de 2015

Nostalgia (II)


"Tu nostalgia del incómodo tiempo negro me ha hecho sonreír con complicidad.
Estamos locos" Elvira DAUDET

Para  Elvira

Coincido, contigo,
hermosa poeta, 
en las dos cosas. 
Estoy loco
y además siento loca nostalgia 
entre cicatrices que fueron penas, 
Como la madre recuerda 
el primer tacto del niño 
apartando el humo del desgarro
y la salvaje ruptura 
de la vida por la puerta de la caverna.
Como guardamos añoranza 
de barras de bares
que si bien es cierto
nos sirvieron con diligencia
y excelente banda sonora
nuestras dosis diarias
contra la desesperanza, 
en ellas descubrimos la traición 
tras sus gafas opacas, 
y bajando las escaleras 
vomitamos nuestros fracasos 
y a las primeras viudas negras. 
No es que perdiéramos, 
allí la cartera, 
que también,
sino que además 
dejamos para siempre 
la foto de carné 
de la mujer 
con la que habíamos 
construido una biografía 
con solo poner el primer polvo,
la primera piedra. 
Amamos los partidos 
que vimos de pie y estrujados, 
los coches de choque 
que llamábamos utilitarios 
y, como eramos capaces
de hacer el amor en un sidecar,
gozamos el confort de las motocicletas,
y de las carreras urbanas 
sin dorsal pero con un policía 
pisándonos los talones y las contraseñas. 
Nos afiliamos 
a las causas proscritas 
por besar una mujer 
o derrocar una miseria,
porque hubiera más jardines 
y por cambiar los nombres
delas calles y las estatuas
ecuestres de las glorietas.
Y sentimos nostalgia 
del tabaco 
que nos arrebató amigos 
y de la ginebra 
que nos robó la lucidez 
aquel día,
en aquella puerta. 
donde el futuro 
era el ascensor 
y subimos por la escalera.
Sí, Elvira, 
no solo somos un pueblo 
que hace días de fiesta de sus derrotas,
- el día que venció a la Ilustración 
o que los gorilas quemaron las bibliotecas- 
sino que además estamos tan locos 
como para marcar en el calendario 
de nuestros himnos y odas, 
todos los días que gozamos un instante,
tan solo un leve instante,
durante un largo siglo de miseria
en un incomodo tiempo negro 
de una lúgubre sala de espera.

© Mariano Crespo


martes, 17 de noviembre de 2015

Sesión continua

                                 

El poeta no fue sino un cromo
coleccionista, sin álbum, de niños.

Ahora, el poeta es un bosque, tal vez un árbol, 
que vuela persiguiendo mariposas y nidos.

El poeta llegará a ser el hueco de tu falda
aguardándose a sí mismo triunfante y vencido.

El poeta morará en la frágil memoria de tus adjetivos, 
en el taburete vacío del bar de los pronombres
que perjuran que entre tú y ellos no hubo nada personal,
en la conjunción copulativa que une tus muslos,
en la conjugación cortada por el fango de los verbos transitivos.

¿Dónde está la fila de los boletos para montar de nuevo?
Ese interrogante será el sencillo epitafio
que el poeta olvidó en la noria 
de la verbena de los descampados de su barrio.

Porqué el poeta, aunque lo niegue, cree en la reencarnación 
pues no ha dejado de ser el chaval de la sesión continua 
que sabe que el final solo es el inicio de otra película.

© Mariano Crespo