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jueves, 25 de enero de 2018

Suspense vital

                                         

Una certeza basada en el enigma,
en la magia tras los visillos de la mirada,
en el confidencial laberinto de las palabras,
en una balada de amor cantada en morse,
en una ruleta rusa de un revolver encasquillado,
en el malentendido donde se posan las manos.
en el pecado original de la primera frase,
en el desnudo que oculta otro desnudo,
como una mujer que fuese muñeca rusa,
o un nudo que anudase otro nudo.
Estamos expuestos a la vista de todos
y creemos que no se sabe lo que pensamos,
pero los cadáveres no tienen misterios,
incluso todos saben que están muertos.
Puede que no seas , como en los cuernos,
el primero en enterarse de tus secretos.

Mariano Crespo


             
            

miércoles, 24 de enero de 2018

Programa de trabajo

                                                                                                     Pablo Neruda
                                   

                          Para Alicia Correa 

Cuando yo nací,
Ángel González ya deliraba los poemas de amor
que yo ahora por dentro escarbo. 
Neruda se hacía llamar Pablo 
y ya vivía,
sin todavía confesarlo.
y Vallejo se había muerto 
para que se cumplieran sus versos proféticos
de aguacero parisino sobre un peruano.

Pero ninguno conoció tus ojos, amor, 
y por eso escribo. 
Esa es mi voz, mi programa de trabajo. 
Mi misión consiste en contar cómo es el mundo, 
cómo se transforma, después de tú mirarlo.


Mariano Crespo


           

                                                      Poema de Neruda musicado por Manuel Picón 

martes, 23 de enero de 2018

Nostalgia


                                                                                                                Wendy (Anthony Devas, 1950)

                                        
                                      «Tu nostalgia del incómodo tiempo negro me ha hecho sonreír
                                       con complicidad. Estamos locos»
                                                                                                    ELVIRA DAUDET



                                Para Elvira Daudet


Coincido, contigo,
hermosa poeta,
en las dos cosas.

Estoy loco
y además siento loca nostalgia
entre cicatrices que fueron penas.
Como la madre recuerda
el primer tacto del niño
apartando el humo del desgarro
y la salvaje ruptura
de la vida por la puerta de la caverna.
Como guardamos añoranza
de barras de bares
que, si bien no niego,
nos sirvieron con diligencia
y excelente banda sonora
nuestras dosis diarias
contra la desesperanza,
en ellas descubrimos la traición
tras sus gafas opacas,
y bajando las escaleras
vomitamos nuestros fracasos
y a las primeras viudas negras.
No es que perdiéramos
allí la cartera,
que también,
sino que además
dejamos para siempre
la foto de carné
de la mujer
con la que habíamos
construido una biografía
con solo poner el primer polvo,
la primera piedra.

Amamos los partidos
que vimos de pie y estrujados,
los coches de choque
que llamábamos utilitarios
y, cómo éramos capaces
de hacer el amor en un sidecar,
gozamos el confort de las motocicletas,
y de las carreras urbanas
sin dorsal pero con un policía
pisándonos los talones y las contraseñas.

Nos afiliamos
a las causas proscritas
por besar a una mujer
o derrocar una miseria,
porque hubiera más jardines
y por cambiar los nombres de
las calles y las estatuas
ecuestres de las glorietas.
Y sentimos nostalgia
del tabaco 
que nos arrebató amigos
y de la ginebra
que nos robó la lucidez
aquel día,
en aquella puerta,
donde el futuro
era el ascensor
y subimos por la escalera.

Sí, Elvira,
no solo somos un pueblo
que hace días de fiesta de sus derrotas,
—el día que venció a la Ilustración
o que los gorilas quemaron las bibliotecas—
sino que además estamos tan locos
como para marcar en el calendario
de nuestros himnos y odas,
todos los días que gozamos un instante,
tan solo un leve instante,
durante un largo siglo de miseria
en un incomodo tiempo negro

de una lúgubre sala de espera.

Mariano Crespo


           
  

lunes, 22 de enero de 2018

Inocentes canciones

                                                                             © fotografía de OUKA LEELE

Hubo tardes de candor
al que subía la fiebre
y miradas turbias,
los ángeles tenían sexo
y aunque aun no usaban lencería
estaba en llamas la ropa interior.
Tardes de humo dulce
y vello suave en las piernas
faldas de flores
y citas de Beauvoir
antes de un beso
que te convertía
al existencialismo
porque los otros
eran los rivales
y el infierno
Ella tomaba café y coñac
y jugaba al parchís
comiendo veinte
y contando una,
María, Paloma,
Adela y Chelo,
un póquer de damas
perdedor
para una mano
de mal agüero,
con un pájaro dentro.
La tragedia,
en francés,
de los náufragos adolescentes.

Todas las canciones que me envenenaron
parecían, a simple vista, inocentes.

Y no he levantado cabeza 
desde el primer baile
cuando el primer izado
del mástil de la bandera blanca
creyendo que ibas al ataque
y estaba en la bañera de la princesa
cayendo por el desagüe.

Lo repito y lo repetiré mil veces:
Todas las canciones que me envenenaron
parecían, a simple vista, inocentes.

Mariano Crespo 



                                                      

domingo, 21 de enero de 2018

OLVIDO




                                            "ama como si nadie te hubiera hecho daño,                                                       baila como si nadie te estuviera viendo" 
                                                                                               Albert Camus
       A los que me suturan el corazón tras cada estocada.
       A Daniel Sánchez

       A Tere.

Apoyado en la barra.
elegantemente ladeado,
bebiendo una tónica,
como esos ingleses
que estuvieron en colonias
par leer el periódico
y olvidar a la mujer
en su londinense lecho victoriano,,
me estaba convenciendo
José Alfredo Jiménez
de que "es preciso decir otra mentira"
que veníamos los dos de un mundo raro.
que no sabemos del dolor,
que triunfamos en el amor
y que nunca habíamos llorado.
Que nunca me insultaron en el colegio,
que los matones jamás me intimidaron,
que no me recordaron que era pobre
y que aquella playa la disfrutaba
por señoras buenas, por caridad, de regalo.
Que nunca llegaría a nada
si estaba siempre en las nubes.
Que hay cambios que nunca cambian
y aquel carné podría arruinarme la vida.
como las raras compañías que me otorgaba.
Que no era edad de tontear con muchachas,
que mi primer salario era para abrir una cartilla
y no para llevar a las chicas en flor
a ver el mar en nuestro primer avión de barrio.
Que debería echarme una novia formal y trabajadora.
Que cuando se logra ser funcionario
no se pide excedencia para huir
a playas donde es indecente no ir desnudo
y una descortesía no ser antropófago
Y ahora a pagar.
A pagar al contado,
como si nunca me hubieran servido garrafa.
A dar las buenas noches como un caballero,
a dejar una propina que humille a los muchachos
y a perseguir al amor como si no hubiera portazos,
como si la traición fuera ser un resabiado
como si una más una son cuatro,
y me llevo una, 

me llevo la más guapa a mi cuarto.

Porque jamás apostataré de todos los sexos
que me abrieron los mundos
donde aprendí a a nadar a mariposa en el fango
y porqué en la isla de la madre de Albert Camus
bailé como si nadie estuviera mirando
y así supe que era malo, muy malo,
De esos bastardos que se darían un tiro en el pie
por no pisar a la belleza los zapatos.
 

Mariano Crespo


            


sábado, 20 de enero de 2018

Sin caja B



Tener que admitir
que has sido feliz
en épocas de quebranto,
que has deseado mujeres
que mentalmente te dan asco,
que has sentido ganas de rezar
a dioses en los que no crees
y a los que consideras un obstáculo.

Tener que admitir
que has sido homófobo y clasista,
que has odiado a prójimos hasta el espanto,
que has despreciado lo que ignorabas,
y has defendido lo que no tenías claro.

Tener que admitir
que no eres mejor que nadie
y que de lo que te enorgulleces
lo has aprendido a ostias,
o lo has estudiado en los charcos.


Que gracias a que le vida
te ha derrumbado los castillos de arena
y que te ha regalado la piedad
para contigo, para los otros,
cuando te ha roto los espejos
no eres un cruel mentecato.

Tener que admitir
que han sido inadmisibles
algunos de tus más alabados actos.

Tener que admitir
que el azar más que el esfuerzo
te ha permitido poder mirarte con respeto
en la actualidad y ser la otra cara
de la moneda de aquel joven brillante,
cretino y que caminaba hacia el éxito.

Tener que admitir todo eso,
señor fiscal, no es para rebajar mi pena,
porque nunca delataré a mis cómplices,
sino para decirle que por ellos tengo la fuerza
para decirle que le sienta a usted muy bien la toga
pero la Justicia, la de verdad, o va desnuda
o viste de saldo como la belleza.

Tener que admitir todo eso
es porque no hay caja B
los que existe es lo que llevo puesto,  

porque poseo el argumento de mi vida
no preciso ni inventos 

ni hablar de oídas,
ni paraísos fecales,  

ni infiernos de abogados de oficio.

Escribo con mi sangre como tinta.
  
  


Mariano Crespo 

            


 




viernes, 19 de enero de 2018

Fiebre


Todas las mujeres que amé
compartían tu nombre
aunque de otra manera
me dijeron llamarse.
Ahora tengo la certeza,
pero no tengo pruebas
porque el tiempo miente más que mata.
Todas las ciudades
que divisé desde la proa de mis pasos
eran mi lugar de origen,
mi patria sin papeles,
aunque fuera forastero del mundo
como todo hombre
tras abandonar el vientre del su madre
y soltarse de la mano de los ángeles.

Todas la palabras que usé
fueron de segunda mano

hasta ahora que me callo
en lenguas propias que no hablo.

Amor, cógeme la mano
que está fiebre de ti me está matando.

  Mariano Crespo