No sé si se han fijado en esas personas raras
que vamos hablando solas por las calles.
Esos payasos sin título,
sin nariz roja, ni zapatones.
Baja la bolsa y la soledad alcanza máximos
en los índices de Londres, New York y Tokio.
En Madrid abrirán casinos y, supongo,
que quitarán las protecciones al Viaducto.
En los cursos de formación del INEM
dan un máster de suicidio en 2 meses
(como no hay dinero para materiales,
hay que traer las desesperación de casa).
Ls gente en vez de agruparse
colabora en la destrucción y el desprestigio
de los instrumentos de agrupamiento.
Eso se llama modernidad y criterio independiente.
Los jueces declaran libertad sin cargos para los infantes
y los administradores de bolsillos con agujeros,
y extrañamiento del oficio para el que hace Justicia.
Está prohibido grabar el tráfico de intereses.
Las televisiones entrevistan a los ladrones
y a los asesinos, logrando grandes picos de audiencia
en las cimas de lo miserable.
En los anaqueles de las salas de objetos perdidos
se amontonan sabios, cientíticos, profetas y teléfonos móviles.
La buena gente reclama los teléfonos.
Da prestigio ser parado con móvil
pero de qué te sirve un sabio en casa.
Es un plato más en la mesa.
Además los sabios son taciturnos
y, en los malos momentos, se les escapa una lágrima.
En los edificios de la redacciones de diarios,
no caben más cárteles de "se alquila", "se vende".
Hay quien se compró un adosado
haciendo infamias extraordinarias.
Yo por mis hijos mato, gritan las vírgenes.
El descuartizador de guardia
paga a buen precio riñones, higados y corazones
para transplantes.
Por el rostro de buena gente es por lo que más ofrece.
Nadie silba por la calle.
Los órganos de las iglesias no proclaman a Bach
tambien quieren transplantarse.
No se canta en los patios de vecindad.
El silencio da un aire respetable como de funeral con derecho a incienso e incluso a cadáver.
En las escuelas de oficios
enseñan juegos malabares,
limpieza de cristales,
venta de pañuelos,
sonrisas para ofrecer "la farola",
mimo para poner caras creíbles de hambre
y otras especialidades para ganarse la vida
en las puertas de los mercados,
en los pórticos de los templos,
en los pasos de peatones.
No sé si se han fijado en esas personas raras
que vamos hablando solas por las calles. Esos payasos sin título,
sin nariz roja, ni zapatones.
La familia es un armario lleno de cadáveres
que hieden por navidad
y por todos los santos huelen a flores.
La familia es un abrigo que pica
y que protege
hasta que sabes que te identifica
y que te anula.
La familia es ese gusto por mandar u obedecer
al que llamamos orden.
También por asesinar al padre y a la madre,
o llevarlos a los altares,
que es igual pero no es lo mismo
porque es un trabajo más limpio.
La familia es una vocación suicida de hacer de dioses.
Por eso don Vito nos parece tan cercano.
Por eso hay mañanas que nos levantamos Corleone.
La familia es una secta.
Un lugar de cuyas cercas es sano escaparse
si no se comete la torpeza
de perpetrar otra cerca, una secta nueva,
como comúnmente se hace.
La familia es el arroz en dia de bodas
y la tierra y el reparto en día de luto.
La familia es el esperma, el ovario y el revolver.
La familia es la soga en la casa del ahorcado.
El silencio cómplice.
La llamada de la sangre.
“La estrategia amorosa se sabe emplear
sólo cuando no se está enamorado”
CESARE PAVESE. El oficio de vivir.
No importa mi nombre.
Soy una mujer cualquiera.
Una chica que acaba de aprender
que el oficio de estúpido tiene algunas ventajas.
No está sujeto a desgravaciones de conciencia.
El oficio del amor es, sin embargo,
un oficio de tinieblas y renuncias.
Sentarse a tocar el piano
con la vana ilusión
de que él guste de la música.
Él, digamos que es un pronombre culto,
de ojos que te deslumbran con las largas,
un culo apretado y una sonrisa
como para estudiar para dentista.
Además, ese puto pronombre tiene sentido del humor,
ironía fina, lee libros, no sale de los retretes
tocándose la bragueta
y baja la tapa después de aliviarse.
Desde que estuve poseída por ese pronombre
personal e intransferible
no me reconocen las amigas.
Intentan escrutarme los silencios y las ausencias
He cogido manías de espía o de portera
y hago cosas incalificables.
Tomar la úiltima copa de cualquier antro
por si él no está lo suficientemente borracho
y me dirige la palabra.
Traer a vivir un gato a casa.
Asomarme sin motivo a las ventanas..
Llorar con la telenovela venezolana.
Esperar a que el cartero llame mil veces.
Escuchar el suelo, como los sioux, esperando sus pisadas.
Cargar la batería del movil aunque esté cargada.
Tener mas estudiada que una actriz la primera frase.
Acostarme con un sin nombre
para intentar de una vez que mi coño le ignore.
Ponerme la lencería adecuada
para excitar a los espejos.
Prometer ser razonable
y jurarle a la almohada que voy a sacar bandera blanca.
Que ya está bien. Que tienes dignidad.
Que no me reconozco.
Pero... ayer pareció que me miraba.
Y que le brillaban las pupilas al mirarme.
Luego supe que iba puesto de maría,
y con tanta ginebra que parecía
tener nacionalidad suiza.
La realidad es, a nuestro pesar, una mula terca
que no lee poesía.
Y la historia escoge el realismo sucio
para intelectualizar los guiones con finales tristes
y predecibles que yo no predecía.
La realidad es una puta con la hipoteca pagada.
Por eso llega el día en que comprendes,
que has sido trilera contigo misma,
y ya no te importa por qué todavía ese cretino sonrie.
Has entendido que el oficio de estupido tiene algunas ventajas.
Es ciego. Se alimenta de sopa boba.
Y aunque, pese a todo, en ocasiones se cae del guindo,
no está sujeto a desgravaciones de conciencia.
Eso es lo que me ha ido quemando las ojeras.
Es esa mañana en que el pronombre se fue al olvido,
se hizo gramática sin ocupante,
Para viajar al fondo del mar,
sin recurrir a Smirnoff,
ni a la absenta,
se necesita un máster
en noches mostrando el sexo
a los urinarios públicos.
Ser mutilado de bomba o beso
sin asiento reservado en el metro.
Y, por encima de todo
.- de la ira de los dioses perversos incluso -
haber apostado el corazón a una carta
que no estaba en la baraja del deseo de ella.
Conocer las instrucciones de uso
de los naufragios sin botella,
haber tenido pus en el alma
y un tatuaje a fuego de su nombre
bajo la bragueta.
Para viajar al fondo del mar
no vale cualquier pena.
Al fondo del mar no se oposita
la fortuna te arroja atado de pies y manos
por la quilla de un barco
que lleva pintado a la proa
el nombre de tu fracaso.
Al fondo del mar
se llega con trienios
y remordimientos
como los polizones de armarios
y los viles corsarios
de sentimientos.
Para viajar al fondo del mar
ten en cuenta que a tu padre y madre
el pan y la sal vas a negar
porque en tus heridas pondrán vinagre.
No pierdas el tiempo
buscando en los fondos marinos
a no ser que quieras conocer
el nombre de tus asesinos.
Hazme caso marinero,
se razonable,
administra el miedo
y no te tumbes en un diván.
Tenía un rompecabezas
regalo de mi padrino
con cubos de seis caras
y una caja china decorada en chino.
Es de mis primeros recuerdos
quizá el que más me quedó grabado.
Debería andar y poseer cuatro años.
Frente a esos dados de paisajes troceados
pasaba horas sentado.
Era la perplejidad hecha hombre enano.
Construía mi interior con trocitos magicos.
No recuerdo que completase una estampa
de cualquiera de los seis enigmas.
No recuerdo que tuviera guía o plano.
Yo me ensimismaba con las seis caras
hasta que mi madre me levantaba
y guardaba todos mis mundos
en la caja del laberinto chino.
A veces creo que sigo siendo el niño
que nunca comprendió el juego
pero jugó con él hasta el delirio.
La razón no consituye ni el final
ni el principio.
Se me ha perdido un recuerdo.
La última vez que lo entreví
estaba creo que escribiendo
un poema, o tal vez leí
algo que le rescató del sueño,
de mi nada o mi silencio.
Es un recuerdo con niebla
como un paisaje espeso
como los primeros adioses
y tu último beso.
Se me ha extraviado un instante,
que tal vez este paseando distraido
por el jardín botánico,
por el café Gijón
o por esos tugurios
en que me asaltan de sopetón
duendes con la pretensión fatal
de prestarme augurios
al cambio miserable
de que me muestre tal cuál.
Si alguno de ustedes se encuentra,
por un casuál,
con un caballito de madera,
un soldado bajito de los cascos azules,
con su metralleta,
un triciclo sin frenos
huefano de ciclista,
o una mísera trompeta de plástico que da mucho susto
al comprobar que suena.
Todo ello muy usado,
de segunda pequeña mano,
de manita pequeña
o de puñito cerrado.
Si alguien tropieza con mi pasado
en pantalon corto
y mechas de rubio rizado,
le ruego el encargo
de que salude a los tranvías,
al guardía urbano
que paraba el trafíco
cuando cruzaba con mi prima de la mano.
Nunca supe su nombre
pero por él experimenté mi primer guiño,
y tardé días en lograr cerrar un ojo solo
para responder a su saludo
cuando mi prima se ponía roja
y aceleraba el paso.
Sin olvidar a los pálomas
de Correos que en mi manita comieron
para una foto de asustado niño
en blanco y negro.
Y al incansable sereno
con su fajín repleto de llaves
como un guardián sin centeno.
Y al ratoncito Pérez,
en el cuarto del coco
o alguno de los barrotes
de mi camita con un moco
pegado como un trofeo,
o alguno de los islotes
con tesoro escondido
y pirato cojo, tuerto y feo.
Estoy abusando de su amabilidad
pero, si no es mucho pedir,
que me compré un barquillo
aunque no sea domingo.
Se lo pagará mi padre.
Un señor alto y delgado
que vigila mi juego desde lejos
con aire despistado.