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Faro sin mar..

lunes, 28 de marzo de 2016

Lluvia


Algunos, los más tristes, 
de los que miran la lluvia 
como yo, ahora, por la ventana, 
me comprenderán a la primera:
No hay que perdonar
a algunas mujeres 
para amarlas.
Hay que perdonarse 
uno
y que se jodan 
las circunstancias.
Alguna mujer mirará ahora la lluvia.

© Mariano Crespo


martes, 22 de marzo de 2016

Mi libro




Nunca he querido
pasar rápido la página del tedio.
Desde que tenía 8 años
aprendí que el capítulo siguiente podría ser peor.

© Mariano Crespo

martes, 8 de marzo de 2016

Inmortalidad


Tal vez alguien me espere 
en un café, 
y grite mi nombre, 
y sea un alguien que creía muerto 
y ahora me está abrazando 
y me besa con besos calientes 
como el pan tierno.
Me limito a decirles 
que cuando me preguntan por la eternidad 
digo que no, 
que solo un poquito 
en la leve pizca del minutero 
que dura el reloj
o su recuerdo.
Pero este alguien 
recién aparecido en un café 
que cerraron hace tiempo 
y que me está poniendo el sexo duro 
como cuando era un muchacho hirviendo
me susurra al oído
que me engaño, que me miento.
Me limito a decirles 
sobre la inmortalidad, 
que no sé, 
que no contesto.

Me limito a no estar muerto.


© Mariano Crespo

jueves, 3 de marzo de 2016

Estéticas


A mis adversarios, por su involuntaria complicidad.

Asíduamente me preguntan
qué no me gusta en poesía.
Asombra que conteste 
que, a menudo, yo mismo. 

Y no es por quedar elegante.
Digo lo que siento 
por dos razones
que, con el paso de los años, 
se convierten en finales
- los últimos principios- .
Ese catecismo privado 
que hemos escrito cada noche 
y que guardamos en una urna 
con un martillo de caramelo 
y un cartel que dice:
incéndiese en caso de incendio.

No me gusto a mí mismo 
como elixir para corregir el rumbo.
En los supuestos errores ajenos 
no tengo ni culpa ni remiendo.
 
No me gusto a mí mismo 
porque sé cuando el intento 
de que tomáramos juntos 
el Palacio de Invierno
concluyó en un texto frío, 
en un panfleto sin flores,
en una sesión de pornografía, 
en donde quise alzar un templo. 

No me gusto a mí mismo 
porque confundí divulgar, 
escribir sencillo,
con pregonar a la gente 
que son estupendos 
y yacerían con mil vírgenes 

-o serían eternas como diosas-
si, además, compraran mi libro. 

No me gusto a mí mismo
cuando omito el punto central 
de la profecía que me dictó
un heraldo de la belleza, 
optando por un texto más correcto,
menos invadido de veneno. 

No me gusto a mí mismo,
más que nada, 
más que por todo, 
cuando capto en un verso fallido 
que no rocé, que no toqué pelo, 
de ese lugar que mis lectores 
saben que, si me la juego, llego.

Para lo que hacen los demás 
tengo, primero, respeto, 
y siempre curiosidad 
porque ven lo que yo no veo,
y arden en otros incendios.

© Mariano Crespo