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Faro sin mar..

sábado, 9 de marzo de 2013

El engaño



En aquellos años en que viajaba en los trenes nocturnos
conversaba con hombres y mujeres
que, sin detenerse a pensarlo, confiaban en el destino.


Viajar en un viaje colectivo es un acto de fe:
en el conductor, en las vías, en las máquinas,
en los cielos propicios,
en la existencia de las estaciones,
en que no te van a asesinar mientras duermes,
en que la sopa no lleva veneno.


En las largas charlas de aquellos compartimentos
o en el humo de los pasillos
aprendí a repudiar a los desconfiados.


Esos hombres y mujeres que saben demasiado,
tanto, tanto, tanto que no juegan a vivir
porque en el juego hay tramposos.


Temen en tal grado al engaño que cuando
contemplan la magia buscan el truco del mago,
se casan con mujeres horrendas
o viven aislados.


La vida es admitir la cuota de engaño y disfrutarlo.


Si uno desconfía de las mujeres,
de los amigos.
de la ideas que agrupan,
de los que comparten camino,
es que uno no se fía de sí mismo.

Desde la invención del espejo
el género humano tiene motivos para no fiarse de uno mismo
pero desde que salieron al mercado las gafas con piedad
solamente lo hacen los cretinos


Me he enamorado en mis viajes
de algunos tipos de los que la gente se mofaba
y decían en voz queda, de bueno que es todo el mundo le engaña.

Esos hombres, esas mujeres
siempre eran sabios ejerciendo de estar en la inopia.
Tenían espejo en su casa,
se habían mirado a los ojos y se habían perdonado
-tras la adquisición de las lentes de la misericordia-
ser de la misma raza que aquello que odian.


Los otros entrañan peligro.
Riesgo de contagio,
posibilidad de estafa,
disparo por la espalda.


Vivir es una práctica de riesgo.


La desconfianza es segura como la soledad
del hombre que toca la armónica en el corredor de la muerte.
Y nadie le escucha.

La desconfianza es segura
como el manual del amor propio escrito en paja.



Si nunca te han traicionado
no conoces ni el nombre ni el rostro de la amistad.


La cicatriz más contaminada es la que deja la asepsia.





© Mariano Crespo Martínez




                    

                                         

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