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Faro sin mar..

lunes, 25 de julio de 2011

A veces veo vivos (en memoria de Amy Winehouse)

El día que, como a todos, pero antes de tiempo, a Janis Joplin se la llevó la dosis, hubo una sobredosis de críticos musicales (alguien conoce a una persona que escriba peor que un crítico musical) y de redactores de obituarios que pudieron provocar una caída en bolsa de la industria de la juguetería.

Todos dijeron que aquella frágil muchacha con el alma a la intemperie “era un juguete roto”, y transmitieron la crónica desde su burdel habitual.

-Esa chica iba mal. —mascullaba el camarero-

Tantos ojos turbios y son las tantas de lsa noche.

Y no había ni un peso pesado de puños de marmol ni un moralista que le partiera la boca.
(¿Por qué los camareros y los camellos tratan con tanto desprecio a borrachos y yonkis , si viven de ellos?).La respuesta después de la publicidad.

Janis cantaba como las mujeres negras y tenía 27 años y tanto desamor que algún gilipollas la vio, en la autopsia, partido el higado, cuando lo que tenía hecho añicos era el corazón.



El otro día (qué coño le importa a usted el día, si no nos conocemos), tuve por fin las fuerzas para ver “Inside Job”. Ya sabéis ese documental en el que salen todos los hijos de puta bien retribuidos que nos llevaron a la ruina y que, no solo no están presos, sino que siguen siendo gente importante y nos seguirán robando con total impunidad. Tenían todos la misma mirada que Amy pero a la inversa. Es lo que el poeta Agustín García Calvo llama "la cara del que sabe":

"Cuando veas al hombre de banca
dinámico y grave
que en la ranura de su coche
introduce la llave,
mientras habla con un cliente
importante,
y con mano segura
agarra el volante,
verás, si te fijas, en el cristal
la cara del que sabe...

En la foto del jefe de estado
que fija el istante
en que él, sentado ante un decreto
de muerte de alguien,
en penoso deber la pluma
de oro blande,
cuando firme la firma
de un trazo la trace,
trazada en su frente la puedes ver
la marca del que sabe.

O si no, en el neón del espejo
del bar de 'My darling',
si ves al chulo que a su rubia
le dice, fumándole
de nariz, «Que nanay, nenita,
que tu padre,
y cuidao con el rímel,
que no se te empaste»,
posada en sus párpados la verás
la fuerza del que sabe.

Todos tienen su idea: son ellos
los reyes del aire.
Y si tú ves que, cuando a todos
los cierre en la cárcel
de los versos y que la música
ya se apague,
yo me quedo a las nubes
mirando distante,
recuérdame y dime «La veo ahí
la cara del que sabe».


Amy tenía, como tú y como yo y el otro, la cara del que no sabe.

Lo que más me impactó de estos chicos es que para poder mirarse al espejo iban todos, al mismo burdel, a la misma “madame” y se ponían hasta el culo de cocaína, que luego facturaban como gastos de representación. Como su madame les despreciaba (y supongo que su camello también) va a ser por ahí el único camino de emplumarles.



Porque la madame habló con el desprecio que tiene por los clientes (como los camellos por los yonquis, los camareros por los borrachos y los políticos por el pueblo).

En 1974, en Madrid, asistí, al concierto de Lou Reed. Venía en ese estado estupendo en el que Lou lo borda. Alguien me habló entonces de las gestiones que se tenían que haber hecho ante Gobernación (ministerio) para que su equipaje no fuera registrado. No lo sé. Pero evidentemente andaba por el lado peligroso. Y los grises que apalizaban obreros igual hicieron la vista gorda porque controlaban a los camellos. Andar por el camino peligroso.
He trabajado para directores periodísticos que sin la magia blanca no podían sostener el ritmo de la mentira. Son gente que participa en camapañas antidrogas y cobran por ello.



Ayer confluían en Madrid las marchas de los grupos del 15-M. Esas marchas que yo apoyo y critico. No tengo noticias que se guardara un minuto de silencio por Amy Winehouse.

Ya sé que no tenia nada que ver. O quizá sí. (Sé que tenía mucho que ver pero esta reflexión me podía meter en lios).

Porque de lo que estoy hablando es del sistema y del antisistema. Y también estoy hablando del éxito y de la muerte. Y también de la hipocresia que exige muerte para los mitos.

Comprobado que el sistema y el antisistema se dopan para aguantarse y mirarse al espejo. Comprobado que el éxito es el camello, el camarero, el sistema finaciero y el político. Amy Winehouse era de los nuestros.



Claro que mucho menos que el Ché. Y es que hay que tener cuidado
con la imagen y la moralidad. O porque esa muchacha muerta no había alcanzado el grado medio educativo de los antisistema establecidos.

Y a esas chicas, como a Marilyn, como a Janis, se las folla, se las venera, pero se las hace huir de los estandartes que quieren tener el patrimonio de las quimeras.

Amy tenía, como tú y como yo y el otro, la cara del que no sabe. Pero, a difrencia de nosotros, a veces cobardes, tuvo el momento de lucidez que le hizo comprender que estaba, rodeada de oro, en el ejército de los nadie. Los que han perdido la historia antes de que apunte el alba. Y aire.


Y por eso, a la hora de la siesta, este planeta a veces produce o tedio o asco.

martes, 19 de julio de 2011

Crónica veraniega al uso

Es conocido por todos que, en los tiempos de estío, los diarios publican narraciones literarias, alguna que otra noticia inverosímil en otra estación como las denominadas “serpientes de verano” y algún estudio sindical de transcendencia, porque la única manera conocida desde sindicatos y organizaciones sociales de que sus estudios e informes sean publicados es esperar al tiempo en el que los redactores no logran con facilidad cerrar los huecos. (Tras lo sucesos, los accidentes de tráfico, algún escandalo sexual en una Sauna. Lo que sucede en los miles de frentes militares abiertos en el mundo no conviene en época de bronceadores).



Particularmente, a mí es una época en la que, por todas las características narradas, la lectura del diario se me hace sumamente más agradable que el resto del año. Quizás porque tengo sobredosis y hartura de tanta intoxicación de los grandes gabinetes de prensa, encargados en cambiar la realidad por su “realidad”. Y en trasladar a los medios el mensaje “Cómo no”, cuando la sociedad grita “¡No como!”.

Hoy, 19 de julio, me ha sorprendido el diario “Público”, como también lo hizo ayer por la cobertura lógica que dio a la información sobre golpe de estado del 18 de julio, mientras que algún que otro diario (que acaba de cambiar de socios financieros) ignoraba casi la infamia de Franco y, sin embargo, en tan señala día, daba un golpe de estado editorial contra Zapatero, con articulo de Consejero Delegado como apoyo aéreo.



A lo que iba, me ha impactado una noticia de la que se hace eco el diario Público. Bajo el título de “Desvelado el secreto de una hormiga que práctica el sexo a escondidas”. El diario señala en un subtítulo que “la reproducción sexual explica el éxito geográfico de este insecto, que hasta ahora se creía asexual.

En principio caí en una suerte de melancolía pensando en que este tipo de excitantes y morbosas noticias se publiquen en fechas cercanas a la visita de un pontífice pero, tras un rato de reflexión, consideré que precisamente lo que demanda la jerarquía católica es lo mismo que practican las pías hormigas: que se haga lo que se haga, (incesto, sodomía, pederastia) se haga con discreción sin publicidad. Incluso hasta para la inocente paja o gayola la iglesia demanda, como para la limosna (no deja de ser en el fondo una auto-limosna) que “tu mano derecha no conozca lo que hace tu izquierda”.



Cualquier noticia, por mínima que sea, te puede llevar desde el cero al infinito, desde la pequeña reflexión hasta una cosmogonía.

Y esto lo digo porque pensando en las diligentes, fornicadoras y discretas hormigas he comenzado a entender la biografía política de Alfredo Pérez Rubalcaba. Siempre tan discreto, tan en la sombra, tan inteligente que aun siendo brillante logró durante años pasar desapercibido.

Y quizá por la leyenda arrastrada, se comentara hace años en cenáculos esa maldad que, las lenguas viperinas atribuyeron a Alfonso Guerra: “Rubalcaba, Rubalcaba, que en cuanto te vuelves te la clava”

Como San Francisco ha debido aprender de las humildes hormigas.

jueves, 14 de julio de 2011

El vuelo de quien no se sabía pájaro

Noticia del diario "Público" del 14 de julio: Un joven cubano fue hallado muerto ayer en el tren de aterrrizaje de un avión que acababa de llegar a Barajas procedente de La Habana. La víctima tenía heridas en la cabeza y en el torax, pero pudo haber muerto congelado".

P.S. Es un hombre sin tan siquiera iniciales, es mi prójimo.



Nunca me he ganado bien la vida en el periodismo. Debe ser por mi desconfianza a los teletipos, a los telegramas urgentes, a los comunicados de última hora, a toda esa inmediatez mentirosa y manipuladora que tanto gusta hoy...la memoria de la nueva era es "corta y pega" y el análisis lo que mande el patrón. Y sobre todo porque la pirámide del poder me pareció un cutre castillo de arena. Uno no no sabe por estar arriba, uno sabe por compartir el suelo, el puto suelo.
Por eso os regalo este cuento en el que viví en el aire..



No era cierto, pero era demasiado tarde para rebatírselo a sus maestros.

Le habían repetido machaconamente que los pájaros tienen alas pero los hombres carecen de ellas: “por eso, chaval, no añoramos nunca el vuelo”.

Los viejos profesores de la ONCE tratan de poner bálsamo en las cicatrices de los niños ciegos de nacimiento:

- Para los que pierden la vista es un gran sufrimiento. Han gozado de un sentido y se ven privados de ello. Eso es más duro, eran pajarillos que sabían lo que era volar y les condenaron a caminar al (rastrero) ras del suelo.

Una sentencia desbordada de sentido común. Pero el sentido común y la obviedad a menudo se hermanan y bajan el listón de la sabiduría hasta el pozo de la vulgaridad.

Como cuando proclaman con ignorancia que “ojos que no ven, corazón que no siente”. El exceso de vista lleva a muchas personas a la miopía. Pero siempre cae la noche antes de tener ocasión de rebatirlo. Mejor dicho, la noche cae antes.

El niño de la ficha escolar 237/65 pasó a ser el adolescente de la tarjeta federada de atletismo 6.247/82.

Aquella súbita afición por la actividad física sorprendió a Maribel, su profesora de literatura, que nunca creyó que el más devoto de los libros de todos sus alumnos se apuntase con entusiasmo en el club de atletismo.

Sólo la indomable voluntad de quién está acostumbrado a combatir al destino le mantuvo durante aquel curso en el equipo. El primero en acudir al entrenamiento y el último en abandonar el vestuario no pasó, pese a sus notables esfuerzos, de marcas vulgares en velocidad, en medio fondo y en lanzamientos.

Cuando ya se encontraba en ese momento añil en él que los hombres inteligentes preparan su espíritu para el rechazo, sucedió un fenómeno afortunado y extraño.

La inoportuna lesión de un compañero hizo a los preparadores incluirle, pese a su falta de velocidad y su carencia de talento para la sincronización de movimientos, en las pruebas de salto. Era un suplente necesario para la longitud y el triple. La ficha que completa el documento .

Ante la mirada atónita de los preparadores, aquel muchacho de baja estatura y aparentemente desmembrado en la carrera, se tornaba ágil, dúctil y liviano en el momento del impulso y del vuelo tras el salto.

Sus marcas eran extraordinarias pese a su carrera sin nervio y su zancada breve de hombre con el centro de gravedad bajo.

Los profesores comprobaron que, al contrario que lo que sucede con una gran parte de los ciegos, en el vacío del aire no frenaba su vuelo por el vértigo o el miedo.
Má bien, él les explicaba que la ausencia de referencias le disparaba la adrenalina y algo en su interior le impulsaba hacia el cielo.

Una adecuación a la prueba que provocó la incredulidad de sus preparadores que conocían que en el aire, los humanos utilizamos los ojos, como apéndices, como manos.

Algo con lo que asirse a lo concreto en el vacío del espacio sin objetos. La necesidad de agarrarse al planeta y al aire y desembarazarse de la angustia que provoca el vacío en el pecho.

- Vas a ser feliz. Al hombre le hacen desdichado los miedos. – Le susurró Maribel antes de depositarle en la frente un beso-.

No era verdad, Maribel, no fue cierto, pero es imposible rebatirlo cuando el tiempo ha creado un abismo de distancia entre uno y los seres que le quisieron. La superación de un miedo no te vacuna contra todos los nombres del miedo. La ausencia de vértigo en el aire no te inmuniza contra el vértigo que produce el suelo. Un vértigo horizontal a la realidad, un vértigo precipicio a los afectos que te hacen huir alzando el vuelo.

Un vértigo que tiene al DNI 69.746.877-R preparado para huir de la caída al vacío del amor, por el desfiladero del deseo, en la aséptica sala de espera de un aeropuerto.

No es del todo cierto, pero cómo rebatirlo cuando se es el pasajero del asiento 27-v del Airbús 300 que, a las 17.33 horas, se está precipitando sin control hacia el mar Mediterráneo.

Los oídos le estallaban por los gritos aterrados de seres sin rostro que compartían el delirio. La boca había perdido toda noticia de la saliva y, entreabierta y seca, guardaba el leve gusto a almendra amarga que deposita el aliento en la angustia de los jadeos.

En las palmas de las manos, extendidas con angustia sobre las páginas de un libro abierto, las entrenadas yemas de los dedos se muestran incapaces, en ausencia de riego, de distinguir ,entre la urticaria pálida del braille, un adjetivo de un verbo, una tilde de una coma aislada, una frase de una pausa de silencio.

Se había quedado en Macondo, pero no le venía al recuerdo en que esquina del pueblo. Había caído una densa e imposible niebla sobre el trópico que envolvía a la guayaba y arropaba a hombres y pájaros, a vivos y a muertos.



Le circulaba por la cabeza el inicio del juego: “Muchos años más tarde, el coronel Aureliano Buendía, frente al pelotón de fusilamiento, recordaría aquella tarde en que su padre le llevó a conocer el hielo”. Un hielo que le había bajado a las manos como desciende y se posa el rocío en los amaneceres de invierno.

Y ese olor intenso y punzante a cable quemado, como de un chamuscado electrodoméstico inmenso, le sube de la nariz a las sienes y le está acorchando todas las venas, todos los pliegues del cerebro..

Intuyó por la aceleración suicida, que le encogía el estomago, que el impacto estaba muy próximo. Fue entonces cuando le sobrevino una necesidad enorme de verde, al tiempo que una carencia de azul marino, un antojo blanco de espuma salina, como a quien, por último deseo, le urge conocer los colores que enmarcan su cobijo definitivo.

Mas de todos es conocido que casi nadie está en condiciones de elegir sus últimos gestos. Y así, guiado por un mandato interno ajeno a su voluntad, el pasajero 27-v se desprendió del cinturón y, como en un ritual dictado por años de instinto, tensó los hombros, lleno de aire el pecho, abrió los brazos en cruz, los levantó con una violencia innata y dejó caer, agitándolos en una cadencia pausada pero firme, potente y armónica como un bailarín en el apogeo frenético de la danza del fuego.

Enfiló la mandíbula a proa, arqueando como un junco el tronco y tensando hacia atrás el cuello, buscando con ansia una corriente en el aire comprimido.

Una sensación que le llenaba de adrenalina el cuerpo como un placer animal, primitivo y sin compromisos.

Luego, el resplandor prendiendo la tarde, el estallido que quiebra las olas y el silencio que se abre paso entre ecos desvanecidos hasta instalar la calma chicha...




El primer helicóptero del servicio aéreo de rescate se aproximó a las 16,48 horas a la zona del siniestro.

Lo primero que el piloto afirmó avistar fue la cola del aparato siniestrado a la deriva, restos del fuselaje esparcidos en un área de 2 millas marinas y un fenómeno confuso de extraña explicación. El sorprendido piloto comunicó que, sobrevolando los restos, le parecía avistar un ave enorme, de la envergadura aproximada de un ser humano adulto.

El gran pájaro se mantuvo volando en círculo, al estilo de las rapaces, durante unos instantes para, luego, ir ganando pausadamente altura y alejarse de la costa en dirección hacia oriente con un vuelo placido e irregular, como el que no se dirige a ningún destino concreto.

En una urgente valoración, el curtido profesional del salvamento marítimo, manifestó abatido que “hasta un ciego comprobaría que encontrar algún superviviente sería un autentico milagro divino”.

lunes, 4 de julio de 2011

El mar es inmenso

FRAGMENTO DE UNA NOVELA INÉDITA




A koncha lois, a quien tanto debe Cantabria
Y a Paloma Masa a quien tanto debo yo.



En mi barrio había pocos hechos diferenciales, y casi todos por negación.

Pero uno de ellos, de los que marcan carácter, no lo cumplía. Yo había visto el mar.

Esta particularidad me confería un toque distinto y cosmopolita al que sacaba mucho partido en las conversaciones con la tropa.

- ¿Cómo es de grande el mar?
- Inmenso.

Cuando mis amigos me preguntaban por la extensión marina yo adoptaba el aire displicente de quien ha podido observar un fenómeno iniciático, de imposible explicación por su grandeza, y daba una respuesta parecida a las de don Isidro, el coadjutor que mejor habalba cn dios, cuando se le demandaba una profunda cuestión teológica.

Mi experiencia marinera se la debía precisamente al buen fraile de cuando mis comienzos en el oficio de monaguillo.

- ¿Tú querrías ver el mar hijo? – me sorprendió una mañana mientras le ayudaba a despojarse de las prendas del misterio-

- No sé si me dejará mi madre.

A mí cuando algo me sacaba de mis esquemas recurría a la autoridad paterna para salir del embrollo y ganar tiempo.

- El mar es inmenso, inconmensurable, seguro que te va a gustar.

Don Isidro se encargó de hablar con mis padres que recibieron la noticia con el escepticismo y la desconfianza de los que están acostumbrados a vivir en un mundo en donde nadie da duros a tres pesetas. El mundo del gato encerrado, al que se le buscan los tres pies o los cuatro.

- Don Isidro, usted sabe que nosotros somos gente humilde.
- Tranquilos, dejadme hacer, que si Dios quiere esto no os costará nada.

Y mis padres dejaron hacer al curita.

Aquel espacio de tiempo en el que don Isidro estaba haciendo maniobras secretas, quizás milagros, se convirtió en uno de los más azarosos e inquietantes que guardo en mi recuerdo. Por las noches no lograba conciliar el sueño pensando en eso.

Eso tan inmenso, inconmensurable, al que daban el nombre del mar y que, en mis angustias mezcladas con deseos, era como el Dorado, algo tan inabarcable y mágico que concitaba en la misma proporción las ganas de ir y el miedo a que fuese cierto.

El mar era lo desconocido, lo oculto, una altura desmesurada que, como todo precipicio, además de procurar la belleza llevaba consigo el vértigo.

Años más tarde descubriría que el placer, que el amor, tenía mucho de aquello, de mar abierto, con su hermosura y su miedo. Y que si se le va la mano en dulzura, cuando se ahogan los relojes en la fosa común del tiempo, te empieza a besar la muerte como quien navega en mar por un mar negro, sin viento.



Así que, en aquel inacabable espacio de tiempo, yo aprendí a coger miedo a mis deseos. Tenía que estar exultante porque iba a ser un privilegiado y, sin embargo, estaba temeroso e inquieto.

- El niño se va a ir a ver el mar.
- Todavía no es seguro.
- Bueno, habrase visto la cara que pones, parece como si no te apeteciera.
- No, no es eso. Es que todavía no es seguro y por si acaso no lo pienso.

Las gestiones del buen fraile tuvieron éxito y la casa se lleno de una actividad frenética que me lleno de inquietud y desasosiego. Lo único bueno de aquellos locos preparativos de viaje fue que a pesar de que mi madre me llevó al Centro, al Corte Inglés, para proveerme de calcetines, calzoncillos, jabones, toallas y miles de objetos como si me fuera a un largo destierro, mi madre me compró, del blanco radiante el objeto de mis sueños.

De vuelta a casa llamé a Pedro, mientras el se llegó hasta mi cuarto yo, inusualmente rápido, me fui desvistiendo y me coloqué mi albornoz nuevo. Pedro se quedó junto al quicio de la puerta con el rostro arrebatado y serio.

- Jo, que envidia, te pareces a Luis Folledo.

No se si Luis Folledo viajaba por Caritas, pero este fue el sistema por el que yo, tras la hábil mediación de don Isidro, inicié mi aventura de explorador hacia lo desconocido.

Salimos de la Estación del Norte, a las seis de la tarde, en un tren de madera. tan viejo que a mi me parecía que hasta el mar no aguantaba sin desmembrarse o prenderse fuego.

Un tren que se parecía a uno que yo había visto en el cine del barrio, en una película que se titulaba “Los hermanos Marx en Oeste”, con la que nos reímos mucho la tropa en una escena delirante en la que Groucho gritaba “mas madera que es la guerra” alimentando una maquina de vapor al borde del desastre.

El vagón era un bullicio de gente desconocida que, a base de guerra con las sobras del bocadillo, fueron intimando. Está visto que los conflictos son el preámbulo para el inicio de la camaradería. A mi me producía un pavor nuevo ese escándalo sin la presencia de ningún rostro conocido. Me fui refugiando en un rincón al lado de un rostro tan perplejo como el mío.

- Hola me llamo Eliseo y soy de Vallecas.

Tenía la certeza, aun sin más palabras, de haber encontrado a un amigo. Me quedé pensando en lo extraña que resultaba la vida. La gente de Vallecas eran nuestros enemigos naturales y fronterizos. Hicieron historia nuestras heroicas batallas a pedrada limpia en la frontera de Tajamar en donde, el año anterior, yo había tenido mi bautismo de sangre, de un certero cantazo en la frente, en el marco de una brea sin cuartel que, todo hay que decirlo, perdimos. Bueno, Manolo lo definió mas certeramente, dijo que habíamos efectuado una huida estratégica.

Y ahora en la penumbra del vagón, paradojas del destino, mientras la noche caía al trantrán mortecino del tren, yo estaba en el mismo rincón agazapado con quién bien pudo haberse convertido en mi asesino. Según me ganaba el sueño deseaba, pese a la hostil incomodidad del banco de madera, que aquel viaje fuera eterno. Cuando se espera lo desconocido, lleno de sombras y fantasmas al acecho, la incomodidad conocida se vuelve familiar y uno no desea que se la arrebaten, con el temor infundado de que cualquier cambio puede ser para peor.

Sería tal vez, porque no tengo recuerdo de que el gordo de Navidad nunca hizo posada en el barrio.
No me pregunten cómo, pero me dormí, me venció el sueño. Un amanecer de olor extraño, raro para mi no viajado olfato, me fue despertando. Me inquietó observar por la ventana del tren un paisaje hermoso por desacostumbrado, con árboles de un tamaño desmesurado que nada tenían que ver con los olmos rusos recién plantados por la inmobiliaria del barrio. Me atrapó la desazón por si estábamos llegando al inquietante mar y pregunté a un monitor que atravesaba el pasillo.

- ¿Estamos llegando al mar?
- No, chaval, todavía queda un buen trago.

Y tanto. A la una de la tarde estábamos en la estación de Santander y el mar no daba señales de vida. Allí con bastante desorden nos metieron en un autocar en donde al doblar una esquina estaba un horizonte azul, el mas grande charco de agua que imaginarse pudiera nadie.

- Mira Eliseo, el mar.
- Es inmenso.

En Vallecas, lo acababa de comprobar, tienen la misma forma de expresarse.
El viaje hasta Noja, lugar de destino de aquel manojo de niños pobres, se nos fue mirando ansiosos por la ventana, enfadados porque en algunos recovecos de la carretera perdíamos de vista el charco grande.

Eliseo y yo, como estaba cantado, nos hicimos compadres. Compadres era una expresión que Eliseo había oído en el cine en una de “Cantinflas” y que a él le pareció adecuada para definir nuestra relación que, en otra geografía distinta, nos hubiese convertido en enemigos potenciales. Juntos bajábamos todos los días la playa y junto nos hicimos pescadores. Lográbamos atrapar artesanalmente en la orilla del mar unos peces diminutos que nos llevábamos al cuarto en botellas de vidrio para asistir, cada mañana, al lamentable espectáculo de verlos flotar muertos en medio de un olor fétido e intensamente desagradable.

Pensamos, tras lo primeros fracasos, que se trataba de falta de alimento e, ignorantes de qué se alimentaban los peces pero generosos de corazón, les dábamos las sobras de nuestras meriendas. Seguían muriendo y no nos resultaba extraño pues lo sorprendente era como nosotros íbamos sobreviviendo a las dosis letales de cuatro tomas – desayuno, comida, merienda y cena- de un potente veneno. Abandonamos pues nuestra empresa de piscifactoría y nos dedicamos a lo que en Vallecas también era una costumbre enraizada como lo fue desde tiempo inmemorial en nuestro propio barrio: la competición deportiva en forma de simulacro.

A falta de chapas y otros elementos necesarios para las prácticas habituales descubrimos en las paredes de adobe de aquel pueblo, un elemento nuevo al que con gran ingenio le encontramos posibilidades competitivas. Sobre los muros marrones de Noja proliferaban, como un pueblo que cobijase a otro pueblo, inmensas colonias de casas de un solo habitante. Urbes extensísimas de caracoles que al sol sacaban los cuernos. Aquel inquietante animal, del que solo sabíamos de su existencia por las tediosas clases de ciencias naturales, nos sirvió para ocupar nuestras tardes en apasionantes carreras para las que nadie diría que el bicho estaba dotado.

Cada uno fuimos seleccionando a los que parecían los de más pura raza entre las paredes salvajes y, luego, los adiestrábamos con técnicas que fuimos inventando para mejorar su rendimiento y evitar su tendencia a la pereza y para suplir la falta que tenían de raza y coraje. Les lanzábamos agua, cuando a mitad de la carrera arrojaban la toalla y se guarecían cobardes. Les empujábamos, les jaleábamos y nos cagábamos en su madre.

Poco a poco fuimos convirtiendo a aquellos pacíficos y abúlicos animales en unos atletas que nos pudieran resultar rentables.

Y es que acompañábamos aquellas carreras, cuando logramos completar unas cuadras competitivas, con apuestas que bien administradas nos fueron procurando galletas, chocolate, canicas y algún que otro objeto con el que esquilmábamos a incautos apostantes. Un material, sobre todo el alimenticio, que devino importante para lograr paliar la hambruna que la comida escasa y horrible de la residencia nos provocaba. No hacía falta sino recordar sus efectos sobre los pobres peces.
Acostumbrados a la presencia del mar, Eliseo y yo fuimos convirtiendo el patio de la residencia en un lugar habitable como lo era el barrio de cada uno antes del destierro estival. Ambos nos habíamos llevado entre el ajuar imprescindible de nuestro arriesgado viaje los cromos de la misma colección que aquel verano tenía un éxito incuestionable: los cromos de los mundiales de fútbol. Como con el paso del tiempo nos habíamos convertido en dos tahures del Missisipi utilizábamos nuestra colección para jugar a la banca.



Consistía tal juego en elaborar dos montones iguales de cromos que, una vez barajados diestramente, se procedía a tentar a la suerte y elegir uno de ellos por su reverso. A la vez se realizaba una apuesta – diez cromos, quince, veinte- que, en condiciones normales, ganaría el número superior con que estuviera marcado el cromo, pero como esta colección carecía de numeración, decidimos que el ganador sería el que apostase al nombre del jugador que más letras tuviese.

Esto abría un amplio abanico de posibilidades que tenía dos extremos. El cielo se llamaba Kang Rioom Boong, que jugaba en la selección de Corea. El infierno se apellidaba Re, un jugador paraguayo del Español de Barcelona, con el que seguro palmabas. Entre las desdichas pequeñas se situaba el defensa español Sol y el delantero argentino Más. El mejor de los españoles era el reserva de Iríbar, el portero del Real Madrid, Bethancourt y Zoco era la línea de flotación bajo la cual se situaban los desastres.

Eliseo y yo jugábamos de mentirijillas pero convertidos con los demás en jefes de casino pudimos esquilmar a algún que otro grupo de incautos de objetos de primera necesidad que nos fueron de gran utilidad para hacer más liviano nuestro encierro.
Con el mar, Eliseo y yo, intimamos con la prudencia con que lo hacen los hombres de secano. Esta confianza no incluía el baño pero si el caminar y penetrar despacio – hasta un limite sensato- para huir perseguidos por las olas que nos rozaban los talones y el culo.

Uno de los descubrimientos de aquel tiempo fue la siesta colectiva. Los monitores nos obligaban preceptivamente a guardarla tumbados en hamacas dispuestas en una terraza sobre la que se divisaba el mar hasta que se perdía en el horizonte.
Esta visión de lo inconmensurable, del infinito a nuestro alcance, propició en Eliseo y yo un incipiente existencialismo que tuvo su plasmación concreta en el descubrimiento, por el análisis matemático, de que nuestra vida era ocupada, en su tiempo más precioso, por esfuerzos absurdos.

Armados de lápiz y papel calculamos que si la vida media de una persona eran lo sesenta y cinco años, un tercio de esta, más de veintidos, teniendo en cuenta que la niñez primera estaba dedicada completamente al vegetal sueño, nos la pasábamos durmiendo.

Tras este alarmante e incuestionable descubrimiento decidimos no entregar gratuitamente ni un minuto más de lo preciso al vacío y la inconsciencia del tiempo que perdíamos dormidos. Así, durante la noche, nos dábamos conversación hasta que el sueño nos cogía desprevenidos.

Mas con ser inquietante nuestro reciente hallazgo del poco uso práctico de la vida, más escatológico y tremendo fue el descubrimiento del espacio vital que ocupaban nuestras rutinarias evacuaciones. El calculo de meadas, y eso que solo trabajamos con la hipótesis de cinco minutos diarios al total de las micciones, daba un total parcial anual de 1.725 minutos orinando. Una meada anual, inmensa como el mar pero evidentemente más mensurable, de más de 29 interminables horas orinando. Y esto en un cálculo optimista pues no queríamos constar la variable de las permanente urgencias de los abuelos y su relación íntima con el baño.

Pero en donde se palpaba fétida la absurda razón de nuestra mísera existencia era en el cálculo de las cagadas, de las miles de horas defecando.

Elíseo, hombre de orden y con gran sentido práctico, elaboró la idea de que en estas horribles circunstancias era mejor que los cupos estúpidos de pérdida miserable de tiempo se hicieran de una vez y no en cómodos plazos. Así uno se iría a su obligación de pasar 160 días cagando como el que se va al servicio militar y luego quedar para toda la vida sin precisar del retrete, libre de reemplazo.
A mí la idea, aun no pareciéndome desechable totalmente, me producía el horror insoportable de imaginar como se te queda el culo de escocido tras estar pegado a la loza durante cerca de medio año, las rodillas dormidas y el pestazo insoportable.

Como es palpable la inmensidad del mar, inconmensurable, nos llevó al descubrimiento del hastío de una existencia vulgar plagada de obstáculos para la felicidad. Del destino de sufrimiento del hombre, de la esclavitud del tiempo y de su paso imparable, de cómo la vida deteriora la vida. De lo lejos que se haya nuestra perra vida de una existencia sublime.

- Yo si llego al año 2000, Eliseo, tendré 44 años.
- Yo también. A esa edad, tan viejo, ya no debe valer la pena vivir. Ya estaremos casados, nos pasaremos todo el día trabajando y sin poder jugar a nada. ¡Qué asco!

Así fue transcurriendo el tiempo, de lo que sin saberlo fue nuestra primera toma de contacto de lo que hoy se conoce como Universidad de Verano, hasta que un mañana, cuando ya nos habíamos adaptado al entorno, nos metieron en autocar y nos dijeron que este cuento se ha acabado. Esta visto que hay alguien que mueve perversamente los hilos y cuando te vas adaptando a un sitio, decide que ya es el momento de irse, que el tiempo que te tocaba de mar se ha acabado.

El retorno desde Santander a Madrid lo realicé dominado por una sensación extraña. Al principio había echado de menos mi casa, mi cuarto, mi comida, mi baño. Pero ahora, si bien tenía ganas de volver a ver a mis padres, a mis amigos, de reencontrarme al fin con el paisaje del barrio, sabía que volvía distinto y con un punto de tristeza que no sabía a que se debía, de que esquina el polvo sale.
Nunca me había planteado salir del barrio, vivir en otro sitio que aquel en donde me había criado. Pero ahora sabía que había otras posibilidades, otros mundos y otras calles. Un mundo lleno de caracoles y peces que huele distinto y es más verde.

Llegamos a Madrid de noche y me esperó presurosa mi madre para despabilarme del amodorramiento en el que estaba instalado.

Su prisa hizo imposible que me despidiese de Eliseo. Los niños hacen planes hasta que su destino queda suspendido del brazo de su madre. De lejos le vi alejarse, como secuestrado, colgado como un pelele del brazo de una señora que le decía:
- Dios mío, que delgado vienes y que descuidado. ¿qué tal te han dado de comer?

No alcancé a oír su respuesta, me encontré metido en un taxi y llegando raudo a casa y recibiendo besos en la escalera de vecinos, saludos de pequeños y grandes y refugiándome agobiado en mi cuarto en donde entró, temeroso, Pedro mirándome como se mira a un extraño, vacilante.
- ¿Qué tal el mar?
- Inmenso, Pedro. Muy, muy, muy grande.
- ¿qué tal te lo has pasado?
- He hecho un compadre.

Pedro se quedó como alelado con mi respuesta pero no supo o no quiso preguntarme. Yo tuve, por primera vez, la sensación de que mi amigo, siempre tan próximo, estaba ahora lejano. La agria sensación de que algo imperceptible, a lo que no sabría poner nombre, pero que era muy profundo me había pasado.

Por primera vez en pocos días conocía la sensación de qué ya nada volvería a ser lo mismo y sólo lo entendía porque el mar era muy grande.