A Gemma, mi amiga de cabecera
y para Carlos Crespo, mi asesor en temas de corazón.
Los que viven de hacerlas
admiten fatal las preguntas.
Desde que le pregunto cómo está,
mi doctora
no me quiere ni ver por la consulta.
© Mariano Crespo Martínez
Los poemas son una pista
.
Breves prendas descuidadas
para que te siga tu hada
y perder a otros de vista.
Las melodías agarradas
las borda el acordeonista.
© Mariano Crespo Martínez
En el periodismo resulta rutinario
el arrinconamiento entre el polvo
de la palabra elección,
el uso socorrido
de apuesta.
Esa manía persecutoria
de liebres que padecen los galgos
por alcanzar una meta.
Emboscados por tal emboscada
pasamos la cinta métrica
al tamaño que importa:
el éxito.
Y la fama, su profeta.
Todo lo que nos llevó a la derrota
por efímera que esta sea
es un error a no repetir
y ciego el que no lo vea.
Pero me aplico el maleficio
de la duda
y apostato de la diosa fortuna
como la religión consuelo
del todos a una.
Mi patrimonio se escribe en yerro.
Llamé aciertos a lo que, tal vez, fueron deserciones.
Lo que asumí como errores
pudieron ser elecciones fuera de tiempo
semillas que planté confundiendo estaciones.
El mutable azar, las circunstancias,
no nos eximen del ejercicio de la libertad,
de respirar nuestro propio aire
y, cuando vienen mal dadas,
esperar a otro reparto más favorable
sin renuncia de los valores
y sin cambiar de nombre, de novia, de calle.
© Mariano Crespo Martínez
Una pausa en los olivos ojos
en que el segundero del agua
sobre el reloj de la fuente
sabe puntear la guitarra.
Caen los velos
como velas a la deriva.
La luz sonroja los pétalos
en carne viva.
La entrada a mis sueños es un arco de ojiva.
© Mariano Crespo Martínez
Si no has pasado largo tiempo a la intemperie
no conoces lo que es echar raíces.
Expulsamos inmigrantes con la barbarie
con que talamos los árboles más firmes.
© Mariano Crespo Martínez
Cómo me gustan las mujeres.
Que tengan la inteligencia
sin vértigo
a la altura de la autoestima.
Luego, como a todos,
que cuando me tarareen besos al oído
se me pongan las orejas como pupilas.
Y, por encima de todo,
que me siga mirando con esa piedad
que para los pájaros cultiva
en los humedales verdes de sus ojos.
© Mariano Crespo Martínez
Todo lo bueno me sucede
al sur de tu pelo.
Todo lo bueno
para mí
es malo para el hielo.
© Mariano Crespo Martínez