En ocasiones me
estremezco
como si una
mariposa azul cobalto
bailara en mi nuca
una polca. Raudo, me introduzco el
periscopio por la boca y te diviso, desde las vísceras de la ballena, pensándome, ausente y melancólica, sobre una chaise longue de Versalles.
Los rácanos jardines te niegan la perfumada brisa de la
tarde.
Es la hora precisa en que los relojes de la
chimenea carraspean con placidez y se detienen ante la indiferencia de los retratos que nos sonríen pese a que los decapitamos.
Te acerco una copa de agua fresca y tras beber un sorbo caes en la cuenta de la impostura de la pócima.
Cierras los ojos porque intuyes que se prepara la orquesta que la victoria consiste en rendirse, colocar el marca-páginas en el libro de Víctor, y abandonarse a lo que,
a todas las luces del siglo,
semeja una fiesta.
El limite soportable para el insulto y
la lisonja es descapotable y cuando llueve se
moja. El más duro es el más frágil . Nada encaja sin deformarse como la esponja.
Los que somos de barrio gastamos
más aguante frente a un mamporro que ante un pellizquito de
monja.
No suelo hablar de la llamada de la sangre
excepto cuando hablo con vampiros. Cual hijo pródigo o ismaelita con la familia
tengo una relación definible como de
vaivén crónico. En casa cuelga una deshojada
margarita en el lugar destinado al árbol genealógico.
El hombre que navega, vuela o pasea se detiene como por
algo pactado en otra era y amarra su tiempo
a un desvalido que se le asemeja.
Da tibieza a la mano que quedó fría desde que tiene el hueco la del que le montó en la
noria, en la barca o con el que daba la vuelta a la
manzana.
Coge los cinco deditos de la criatura y engaña a sus miedos para subir a la noria, compensa su tenue peso sobre la barca y, para que se pueda imitar, reduce la zancada.
Tal vez un día volveré a alzar el vuelo,
levar el ancla o recuperar los pasos perdidos
en mi destino hacia el oeste de ningún mapa.
Pero mis manos estarán huérfanas, gélidas, con dos huellas ausentes de recibir y dar el testigo del mar, el aire y la
tierra.
Quizás, hijo, todavía no estés preparado
para admitir que el
carecer puede ser un regalo
y que el ingenio,
al contrario que el dinero,
no precisa de
administradores ni custodios.
Puede que la tristeza te posea por no haber hallado ese tesoro del que nacemos con medio mapa y nos desvela que la mitad de todo es nada.
Mas puede que los dioses te hayan premiado en no precisar de tesorero y desconocer lo que es el odio en quien habías confiado y no saber disfrutar de la intemperie porque estuviste cobijado.
Las alas solo se echan de menos si has sido pájaro.
Y no hay rencor más inmenso que el que siembras, arrastrado por el suelo, para quien te las ha
cortado.
Por eso, hijo, yo te digo que la imaginación, la cultura, es el vuelo inquebrantable de los desposeídos para escapar de las rejas.
Y es tan bella como impura. Los mestizos
cambiamos la primogenitura por un plato de lentejas.
Tras haber sido negro y constar en mi
vida laboral mi experiencia como sherpa,
lazarillo y hombre de confianza. Me estoy planteando poner en mi
tumba el nombre de otro. Por coherencia.
Cuando la ballena
salió de los miedos de Jonás
dio por inaugurada
la fiesta
en la que bailé en
nocturnidad alevosa con ratas, sierpes,
murciélagos y cucarachas. Sin una cierta mala reputación no entrabas.
No abandonabas sin el veneno con que los proscritos aman.
Tal vez fuéramos un huracán con ojo de
adolescencia y nos prevenía el
padre Ceferino sobre el no
confundir "la gimnasia con la magnesia". Vivíamos de oído. Y puede ser tan distinto lo que suena parecido. El cuarto movimiento de la novena sinfonía de Beethoven o el Himno a la Alegría de Miguel Ríos.
A una mujer madura de una mujer joven no la separa solo el paso del tiempo por el prado poroso de su cuerpo. La distancia, en el cruce del amor, la proximidad cercana del lejos. Tiene su ritmo interior,
no se aburre con el silencio
no pregunta lo que ya conoce,
goza cada momento
porque es muy efímero lo eterno.
Son del mismo
género pero, en el gozo. no es similar ni lo mismo la obra maestra y su esbozo.
Me he vendido bajo
la luna por besos de una peseta.
Entiendo que ahora me leas y no me entiendas.
No tengo una verdad para prestarte. Una certeza de alquiler que te ampare esa fiebre sin más síntoma que la necesidad de dormir en la nevera o que no se olviden los geranios de regarte la tierra abandonada por la Virgen de la Cueva.
El intempestivo vuelo del cóndor tras la última cena.
Entiendo, amor, la urgencia del musulmán por ir a la meca y mi peregrinación a César Vallejo con los pétalos de mis miedos en la biblioteca.
Entiendo esta quietud inquieta porque, desde muy joven, me imaginé de viejo. Era casi un niño cuando me acurruqué en César.
Mi calendario convivía con 1974. Transcurría el
otoño en París y pude ver a 007 en una calle
cercana al Sena en cuya rivera compré las láminas que miraron en el salón mis padres hasta su muerte.
Las compré con el dinero de un judío
para sostener a su ex mujer y su amante.
Un pintor con fortuna pero sin suerte. En la rive gauche no se desayuna con diamantes.
Aprendí la piedad en París
y estrené mi primer y penúltimo traje.
Volví con Paco Ibáñez - al que secuestré de los saldos
en los Almacenes Lafayette - escondido en el equipaje.
No he vuelto a París ni al comedor de la casa que fue familiar y 007 tiene otra cara en el cine aunque sigue trabajando en secreto de agente.
Tengo que preguntar a Paco Ibáñez si me quiere esconder en su bolsa de viaje.
Lo que sí has
aprendido es que no te
cambiarías por otro jugador y no harías
embustes con otras cartas que esas, las
tuyas, que todavía no has visto y en el monto te aguardan.