Mis mujeres. Nunca fui un sibarita. Mi madre fue una mujer de campo que se arrodilló ante dios y la higiene de unas escaleras que no llevaban al cielo.
Mis mujeres. Nunca fueron sibaritas.
La que me besa ahora sabe que huelo a hijo de porteros, a ciudadano perplejo.
A ese sujeto con miedos cotidianos que llamamos hombre medio.
Las mujeres sibaritas besan el éxito y de ahí no provengo. Estoy empadronado en la cola del empadronamiento. Buscadme por la "Z" en el abecedario de méritos.
Subo por escaleras que mi madre fregó y que no llevan al cielo.
De imagen y semejanza de dioses, los hijos de dioses presumen.
Mas los mejores barros, sin las manos artesanas, no son la buena cerámica. Los dioses no tienen apellidos. El nombre les abre puertas y cierra las ventanas.
Los dioses hacen bastardos a sus hijos.
Nosotros y el sol, al contrario que su padre, les reconocemos.
El árbol de la ciencia tiene más corteza que certeza e ignora los misterios, la magia y lo improbable.
En los corrillos de dimes y diretes de cualquier calle dicen que la genética ni cree ni reza.
El ADN es un árbol genealógico peligroso de observar, rencoroso y ciego. Eso me cuentan los ahorcados, mis hermanos de la estirpe de Caín y el desorden que rige este trasiego. La omega puede ser el principio además del fin.
Predicaron "quod natura non dat, Salmantica non praestat"*
y era la disculpa eclesiástica para enseñar el conocimiento no como un camino iniciático sino como un dogma que en su interior oculta un secreto.
El ADN vive ajeno de la cultura, del saber que va de mano en mano. La civilización frente a la barbarie de natura.
No sabe de la escalera quien no contempla el pasamano.
No, ese ácido no es profético. Nos pronostica un alzheimer pero no unas Memorias de Adriano, el desoxirribonucleico.
(*) «Lo que la naturaleza no da, Salamanca no presta». Dicho popular utilizado en el tiempo en que la Universidad salmantina era un referente de conocimiento.