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Faro sin mar..

martes, 12 de marzo de 2013

Los hijos del miedo



Una dictadura deja extrañas secuelas
como las cojeras en los brazos
por un balazo en las piernas.


Los mutilados de aire libre
sin asiento reservado en los transportes
hacia futuros imperfectos, luego bellos.
Los hijos de la dictadura
tenemos una cierta propensión al maniqueismo,
al blanco o negro
y más cuando el gris era el uniforme de la policía.

En una dictadura está al alcance de cualquiera
descubrir la bola del trilero.
Es, da vergüenza decirlo, la que se oculta bajo el cacillo
que lleva escrito prohibido levantar.


El mundo es tan explicable con una moneda.
Cara, eres un hombre de bien.
Cruz, eres un desafecto.


En el grupo de los desafectos no están solo
los voluntarios de las emociones fuertes
sino los desechos del adversario,

librepensadores,
homosexuales sin armario,
cura raros
e inadaptados varios.


Desde la caída del muro
Berlín nos es menos excitante
como todas las ciudades
en las que se puede ir a cualquier lugar
sin mirar a tu espalda de continuo,
un estigma del disidente
.


Los hijos de la dictadura
gustamos de leer entre líneas.
Cuando nos hablan claro el desconcierto nos invade
como la claridad a las ratas y a los hijos de la noche.


Mientras los tabiques de platino esnifan la nieve
nosotros solo fumamos en los retretes.


Los hijos de la dictadura
gustamos de mujeres que se cubren lo que deseamos ver,
las puertas entreabiertas,
las charlas a media voz,
los ojos negros de las cerraduras
y el humo que enturbia las bombillas.


Los hijos de la dictadura
solo nos sentamos en la barra
si detrás hay un espejo por el que se ve la puerta.


A los hijos de la dictadura
no nos gusta jugar al escondite
y tenemos papeletas para el sorteo de paranoias
de las tiendas de gabardinas y gafas negras.

A los hijos del miedo
los taxistas nos huelen a soplones
y las esquinas las tomamos por el medio de la calle.

Por la aceras no corre el aire.


Los hijos del miedo somos asquerosamente puntuales
hasta para llegar a la cita que no vamos.
De momento.


© Mariano Crespo Martínez




                  
                 

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