No falseo la moneda de la verdad cuando digo en ocasiones que beso en catalán, describo a los nazis en hebreo,
blasfemo en latín
y maldigo en arameo.
Requiebro en francés
de la vendimia,
canto en un inglés
necesitado de subtítulos
y miro en italiano
cuando poso el ojo en lo prohibido.
Conozco que Carlos V daba órdenes
en francés a la señoras,
en alemán a la milicia
y a dios, en castellano.
No sé llega emperador,
por gracia divina,
para pronunciar su nombre en vano.
El castellano es la lengua
en que mi madre me desveló el lenguaje.
Es mi patria y mi bandera.
El arte en la pluma de García Márquez, Cortázar, Neruda, Lorca, Quevedo, Galdós, los Machado y Miguel Hernández. Yo quiero y no puedo pero es mi cómplice de este viaje.
Lo utilizo para echar las redes del enredo y sacar a navegar mi fantasía pero no para imponer un concepto, una costumbre, una idea.
Como el mismísimo amor, es universal y sin aduanas esta lengua vuestra y mía. Y si no que venga Cervantes y lo vea.
Uno de mis mejores amigos es heterosexual. Una de mis mejores amigas no es lesbiana. Trabajo por ser menos homófobo de lo corriente y porque, con su cuerpo, cada cual haga lo que le venga en gana, no lo que espera la gente.
Viva la libertad. Mueran los lugares comunes, los tópicos y la intransigencia del intransigente.
Iba a celebrar a la glorieta de la diosa Cibeles cada terrenal derrota.
Cualquier arquitecto conoce que un proyecto de convivencia no se
construye sobre la ruinas de un libro de familia. Eso es metamorfosear de cucaracha a insecto.
Tarareaba tangos en los bares con pianista y en el zoo observaba con envidia como chingaban los chimpancés sin psicoanalista ni remordimiento.
En los semáforos compraba pañuelos de papel como el que va de fulanas o pide asilo en los confesionarios buscando enormes orejas y breves consuelos.
Los días de lluvia exhibía, para los turistas
japoneses, su tristeza por las aceras,
los parques y las zonas de asueto
subvencionado por el Área de Cultura del Ayuntamiento.
Robé a Julio Cortázar el número de la tómbola para el sorteo del título de poeta, el año en que le tocó a Gloria Fuertes. Ando desde entonces con la muñeca Chochona y una botella sin mensaje de aguardiente.
Llegará el día en que me dejaré llevar, en un vetusto Cadillac, por el boulevard de tus deseos.
A las 33 revoluciones deJudas, por traidoras monedas, sonará el lamento de Charlie Parker, con el saxo asfixiado por el humo del tugurio de los desamparados, esquina a la esquina de mi calle.
En ese otoño de nupcias te daré un beso a escondidas de mis amigos, que contarán hasta cincuenta antes de salir a buscarnos ese paraíso perdido por los piratas proscritos y la descalza Cenicienta.
Te cubrirás con un vestido ceñido de alba y yo luciré mi traje de los domingos condecorado con su pajarita roja y sus leves copos de nieve blanca.
Acostumbrado a cobijarme en la duda, de la chistera extraeré un sombrero, y otro más bello y otro menos serio.. Todos ellos tan perplejos como huecos. Pocas veces acuden en mi ayuda el clavo ardiendo y los conejos
Pero en esta fiesta han dejado de ser extraños mi hambre antigua y tus renovadas ganas tus uñas afiladas y mi desprevenida espalda
Tengo ya en el recuerdo esa mañana prevista por los astrólogos en un cálculo impaciente para dentro de varios años y una o dos semanas.
Conjunción astral de mi ascendente Piscis con las más revoltosas de tus hormonas.
Debe de existir una manera estándar de vivir. Debe de haber un modo ferrocarril de caminar como un tren que jamás descarrilara. Debe. Lo sospecho. Es más, tengo la certeza
Sucede que creo que yo ya nací en la cuneta o no leí el manual de instrucciones, por mi dichosa pereza.
La bohemia, por naturaleza, prescinde de vacaciones.
Voy a intentar explicarme. Decir que luz se enciende cuando a media oscuridad recitas un poema y el silencio invade la muralla de la distancia propia, neutral y ajena.
Esa humedad en los labios secos. Esa brisa aliento que besa. Esa detención del tiempo. Esa ingravidez que pesa en mitad de los huevos.
Tener doce razones para morir, para resucitar, una docena.
El portavoz de silencios acuña monedas, palabras, sin valor, sin contenido, como un llanto sin emoción que respalde con sal las lágrimas.
El portavoz de silencios, es el muro de las lamentaciones el freno de la ira la otra mejilla, la otra lengua, el rostro que encubre al culpable.
El portavoz de silencios es la marioneta con rostro amable que hace opaco al ventrílocuo le eclipsa, le cubre la retirada, le suplanta, entretiene y nos distrae.
No me mortifica la edad. Soy más joven que los muertos. Sí me hace mella un lugar sin geografía que no tiene dígito concreto y no se llama, joven ni maduro ni viejo.
Hay una edad en la procesión en que,, como en las pistas de despegue, se te indica que ya no hay camino de retorno.
Si la has cruzado sabes de qué taquicardia crónica hablo cuando callo.
No niego que me robó una novia un fiel amigo gay después de que ella me engañase con otra.
He visto a la gente insultar a los que abogan por sus derechos y aupar hasta el poder a los presuntos.
Los pobres son de nacimiento sospechosos y cuando crecen culpables.
Los ricos son genéticamente ladrones y, cuando les aprueban Derecho, presuntos.
Con estas vacunas hay quien es de natural impertérrito y puede tomar el té durante terremotos.
Pero es que yo no aprendo, coño, no aprendo.
Tropiezan mil veces las piedras conmigo, el mismo tipo, y parecería que los minerales no tienen memoria.
Todavía blasfemo con la firmeza de un teólogo cuando me hace pupa un desplante, un desamor, un desvergonzado hiriendo a un desheredado cualquiera, mi prójimo.
No estoy curado de espanto y, para más inri, mi doctora parece que tampoco.
Me vas conociendo. Tengo deseos sencillos y no suelo recordar las pesadillas en los divanes ajenos.
Soy torpe tanto como tierno.
Por tontadas me enfurruño pero me dura el tiempo exacto de esquivar al murciélago en los breves claustros del tedio.
En mis analíticas no encuentran ni una gota de rencor ni de olvido ni de sangre fría aunque provenga del frigorífico. Soy nada lagarto y desbordo latino.
Adquirí, al pasar el Rubicón, vocación de cascarrabias pero no me matriculo y me irrito sin titulación.
No me gusta la gente en masas excepto cuando hay un común objetivo o cuando me diluyo de sólido a líquido.
No me han doblegado con castigos pero me derrumbo con un beso y confieso cuánto quiero y he querido.
Nunca logré ser pianista pero mis dedos saben hacer su trabajo.
Me vas conociendo. Tengo deseos tan sencillos cual tozudos.
Ver nacer el día contigo es uno de los más lúcidos
A Victoria Geijo, que me regala música Abre la partitura y la descifra en el tempo piano de la siesta más que en la sugerencia del creador de la sutil belleza.
Cual vidente recorre a ciegas todos los matices que guarda en su memoria de la breve estación de las corcheas, de las fusas, semifusas y la dignidad frutal de las cerezas.
Todos los aromas musicales que tiene en la alacena pulcra de su cabeza a la que la tramontana enredó el rebelde cabello que ya no posee y las ideas revolucionarias que confita y conserva.
Los taxidermistas de sueños guardan el Olimpo en la chistera donde los dioses procrean como conejos y son extraídos a conveniencia.
Los taxidermistas de sueños incluyeron la carne de gato en la gastronomía, tienen libros de culto en las axilas, hacen carrera política desde la escuela, gustan de quemar sabios en las hogueras, son dueños de urbanizaciones en la galaxia, posan para su retrato en las casas de moneda.
Los taxidermistas de sueños inventaron el travestismo con un cordero y una loba, convierten a la muerte en alegre sala de espera, levantan sedes sociales en los cementerios, realizan sesudos tests de inteligencia a la sopa boba, emplean las palabras más hermosas para la fachada vacua de la nada, celebran el bautismo de todo lo maldito, coleccionan devotos en ediciones de bolsillo lleno, compraron el arcoíris a precio de ganga, y cobran derechos de autor por las banderas.
Los taxidermistas de sueños convierten el vino en agua, al revés que el Nazareno y lograron, pertinaces, que la izquierda fuera designada dirección prohibida.
Volver a empezar es un repaso de los cuadernos de apuntes ahora que ya no importa entender la letra.
Volver a empezar es recuperar el apetito por el pan y chocolate y dulce de membrillo.
Volver a empezar es renovar a la curiosidad su abono de socio para el palco con vistas al sosiego, ese país en donde la vida transcurre despacio.
Por eso al volver a empezar no conviene comprar prismáticos con vistas al pasado, ni microscopios para analizar los salivazos recibidos.
Ni telescopios con vistas a los urinarios de los planetas.
Ni visitar videntes, ni intimar con santos.
Más bien, al volver a empezar, conviene desempolvar el traje de la dignidad que guardamos como fondo de armario aunque no vaya a juego con nada de lo que ahora se lleva.
Conocí a un corazón con piernas que albergaba el deseo de que una placa le inmortalizara en un retrete de damas.
Supe de un escritor que tenía concluida su necrológica para evitar las torpes necedades de un exégeta de guardia.
A uno le pueden llamar pánfilo pero que no le manipulen ni a los hijos ni a la obra.
Estériles esfuerzos en un país en donde es costumbre el guardar memoria de los genios por una anécdota. Con excesiva frecuencia, ajena. De borrón y cuenta nueva.
Harto estoy, estoy harto de no tener billete comprado para lugares que, en sueños, se empeñan en visitarme. Espérame en Venecia paseo la fiebre de Stendhal y Marco Polo porta la maleta. Soy el mercader y tú la especia de las flores del mal en el árbol de la ciencia.
Cubren tu tronco desnudo unos tirantes de seda y en medio de los montes dos botones de azucenas. Quisiera escribir con tiza sobre la piedra de la catedral de Florencia que no hay más dios que tu aliento y tu cuerpo su profeta.
En el prado de Hopper que robamos verde al museo haré un sencillo lecho con los tallos secos del centeno para que repose tu sangre los efectos del veneno que dona labios a tus besos.
En la sala de espera del embarcadero tengo el número uno para regresar desde cero.