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Faro sin mar..

lunes, 17 de diciembre de 2012

Confidencias con mi sombrero





"Atrévete conmigo.
Soy joven.
Tengo mucho deseo que perder."

"Bajo la lluvia equivocada"
VANESA PÉREZ SAUQUILLO


Cuando anochece en las pupilas,

al cobijo del fuego sin chimeneas,
mi sombrero  me confiesa,
con voz ebria
y gesto indiferente

que se cuenta la feria como le va a cada uno en ella,

que, diga lo que diga la gente, va donde quiere
Vicente,

que no son iguales las maneras que los modos,

que hermosa no es ni parecido a bella

y que, para concluir, nunca llueve a gusto de todos.


Mi sombrero cuando bebe se pone obvio.


Yo, que no soy de disputas sin precio,

le miro a las alas y, con gesto de aprobación, asiento.
Alguien que vive en mi cabeza no puede ser un necio.


Pero tan solo en lo de la lluvia estoy plenamente de acuerdo.

Es común hacernos responsables de ello
a los que residimos en las nubes,
pero el asunto es de complicado arreglo.


Los dioses que saben de esto
hacen sordina a los rezos.


Es improbable que caiga la fortuna en cada casa
porque tocamos a un pueblo por cada tonto por ciento.


Lo que resulta vulgar para ti,
a mí me sobrepasa
y me lleva al estremecimiento.


Santos hay que coleccionan blasfemias
e incluso algún santo benéfico
pero el santoral, amigo mío, no es neutro.


En el mismo lecho o idéntico
lo que a algunos da placer
a otros les germina cuernos.

La cuestión no es ser o no ser,


La cuestión es ser Caín o ser Abel.


Ser de curso legal o venir del estraperlo.


A la mujer del Cesar no le basta con ser perversa
y se acuesta con un notario
para levantar acta y parecerlo.

Lo que es verdad a la inversa
no se sostiene al derecho.

Cuando el dolor os da tregua llega la ruina al farmacéutico.

Solo dicen que hay unanimidad de criterio,
y sobre una biblia no haría juramento,
en las reuniones anuales de vecinos del cementerio.

Algunos están en el duelo
mientras hay quien pone el cazo.


Alguien yace en el suelo para que otro levante el brazo.

Ahora que, feliz y con tiza,
soy tonta risa y estoy tonto,

estaré provocando
algún ardor de estómago.


La muerte me aguarda sin prisa.
Por más que relojes impíos
proclamen que ya es muy tarde
la he convencido de que, para mí, es demasiado pronto.


Luego digo te quiero,
cuando quería decir buenas noches
y susurrando le pido
un beso a mi sombrero,
que se deja llevar
porque ya, hace un buen rato, cayó (y calló) rendido.




© Mariano Crespo Martínez



              

          


          

                    

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